El pasado sábado 3 de enero de 2026, el mundo conoció la noticia de la detención de Nicolás Maduro. Para muchos analistas internacionales y usuarios de redes sociales, más allá de las diferencias ideológicas, esto representa un evento histórico. Sin embargo, al caminar por las calles de Buin y conversar con la comunidad venezolana que reside aquí, la narrativa es sumamente distinta. Si bien en un inicio hubo fuegos artificiales y celebraciones eufóricas, lo que predomina hoy es un silencio espeso, cargado de miedo e incertidumbre. Es fácil opinar desde la comodidad de un país con una de las democracias más fuertes del mundo, capaz de remover a un dictador a través del voto. Al hacerlo, olvidamos que vivimos en un privilegio. Por lo mismo, debemos escuchar la voz del venezolano promedio, aquel que tiene a su madre, a sus hijos o a sus hermanos allá. Es vital comprender que la caída de una figura no significa, necesariamente, el fin de un sistema que los ha atormentado por años.
El relato de quienes tienen familia en Venezuela es desgarrador. No existe la libertad de expresión y la tensión se respira en el aire, pues salir implica enfrentarse a militares armados: «Te devuelven a casa a punta de arma», relatan. Mientras el mundo celebra y/o condena este proceso histórico, los venezolanos enfrentan filas interminables en supermercados, cortes de luz prolongados y un aislamiento comunicativo que los deja a la deriva; realidades que arrastran desde hace años. Se ha ido el dictador, sí, pero las mentes maestras detrás de la dictadura siguen libres, y el pueblo lo sabe.
Lo más preocupante en estos días no es solo la crisis estructural, sino la falta de empatía global. Resulta indignante ver comentarios de burla o desprecio hacia el pueblo venezolano, y lo es aún más cuando ves a ciudadanos de otros países intentar explicarles su propia historia, como si no la hubieran vivido en carne propia.
No son «imbéciles» ni «desagradecidos» frente al intervencionismo extranjero, son una comunidad que ha sufrido detenciones injustificadas de menores, el colapso total del sistema de salud y el exilio forzado, entre otras atrocidades. El venezolano es plenamente consciente de su realidad: celebra la derrota de Maduro, pero mira con recelo cualquier intervención que no garantice una paz real. Invito a quienes siguen este proceso a opinar desde el respeto absoluto. Antes de lanzar una crítica cargada de superioridad moral o intelectual, recordemos que hoy hay familias con un miedo real a la reacción del régimen remanente o al actuar de la nueva presidencia. Venezuela se encuentra en un atisbo de esperanza, pero también en un momento de vulnerabilidad extrema. Como hermanos latinoamericanos, lo mínimo que debemos ofrecer no es una lección de historia que no vivimos, sino una escucha atenta y una solidaridad que no se fracture ante la primera diferencia política. Porque, al final del día, los venezolanos no son cifras en una noticia; son personas que solo anhelan, por primera vez en décadas, dejar de tener miedo.
Sofia Rodriguez
Ingeniería Comercial
