Obituario del fumador universitario

*Kitsch: Postura existencial y estética que excluye lo negativo (muerte, enfermedad, duda, ironía) para presentar una realidad falsa pero reconfortante.

Éramos fumadores. Eso, primero que todo.

La sociedad —el kitsch o los poderes fácticos, como se les llama cuando uno quiere sonar serio— fue cercando a los fumadores de cigarro despacio, con la paciencia de quien sabe que va a ganar. Y ganó. O está ganando. Todavía no termina, pero se nota.

El fumador de marihuana no entiende esto; no es su culpa, simplemente no entiende. El vapeador tampoco, aunque finge que sí. Y los otros, los que viven sin consumir nada, los junkies de la sobriedad, esos se ríen. Y eso está bien, que se rían.

Cuando entré a la Pontificia Universidad Católica, me sentí, como pocas veces, orgulloso de pertenecer a algo: a la más fumadora de sus facultades, la Facultad de Derecho. En el patio fumábamos profesores y estudiantes juntos, que es una de las pocas situaciones en que eso ocurre de verdad. El cigarro como igualador social. Aspirábamos ese cilindro blanco —nuestro veneno, aunque también nuestra cura— y por un momento nadie era más que el otro —eso también lo fueron quitando—. Consumíamos su elixir gaseoso como placer, sí, pero sobre todo como señal de que seguíamos siendo adultos en un mundo que había decidido, sin consultarnos, que ya no lo éramos.

Por un tiempo —y qué hermoso fue ese tiempo— el patio de Derecho se volvió nuestra guarida, nuestro reino de Asturias después del desmoronamiento visigodo, con la Rectoría haciendo las veces de Emirato de Córdoba al otro lado de la colina. Pero a diferencia de los astures, que sobrevivieron y reconquistaron y dejaron su nombre en los mapas, nosotros no sobrevivimos. Nos excomulgaron. Sin balas, que es la peor manera. Un cartel, una norma, una reunión a la que nadie nos invitó.

Escribo esto para protestar. No sé exactamente contra qué, o no sé cómo nombrarlo sin que suene exagerado. Contra algo. Contra la idea de que alguien más sabe mejor que uno lo que uno debe hacer con su propio cuerpo y su propio tiempo.

Detengamos el kitsch.

O al menos nombremos lo que perdimos.

Gabriel Tarride

Estudiante de Derecho

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