Cuenta la leyenda que, en los rincones más recónditos de la Tierra, existe un paraíso terrenal. Un lugar aislado del resto de los mortales por una cordillera majestuosa que se extiende hasta donde alcanza la vista y, frente a ella, un mar inmenso que llena de vida aquel rincón del mundo.
Por el norte lo protege un desierto que ni los caballeros más notables se atreverían a cruzar. Por el sur, bosques profundos y llenos de vida, resguardados a su vez por un desierto helado capaz de congelar el alma de los indignos.
Los viejos cronistas decían que aquel reino era una verdadera “copia feliz del Edén”, una tierra bendita donde los hombres podían vivir en paz. Algunos incluso aseguraban que, para quienes huían de las injusticias del mundo, aquel lugar se había convertido en un “asilo contra la opresión”.
En ese paraíso —dice la leyenda— está ubicado Chile.
Pero, como toda leyenda, esta historia también tiene villanos —y en este caso visten de rojo—. Según los profetas de nuestro tiempo, un día llegó el comunismo, una fuerza del mal capaz de destruir aquel paraíso sin siquiera desenvainar una espada. Dicen que bastó su llegada para que la economía colapsara, la prosperidad desapareciera y el país entero comenzara a desmoronarse como un castillo de arena frente al mar.
Sí, el final es ridículo, como suelen serlo las buenas leyendas. Aunque, pensándolo bien, no es más ridículo que cierto relato que hoy circula con sorprendente seriedad: que Chile se cae a pedazos.
Lamentablemente, la política suele parecerse más a los relatos que a la realidad. Prueba de ello es que, en el debate público chileno, se ha instalado con sorprendente facilidad una narrativa, según la cual el país vive una suerte de derrumbe permanente: que la economía está destruida, que las instituciones colapsan y que el futuro no ofrece más que decadencia. Incluso se ha llegado a decir que el Estado estaba en quiebra, algo que economistas de renombre —como Juan Andrés Fontaine, Ignacio Briones y Rosanna Costa— han desmentido.
El problema de esas narrativas no es que critiquen —la crítica siempre es necesaria—, sino que transforman la discusión pública en algo parecido a una leyenda: un relato donde todo se exagera, donde los matices desaparecen y donde la realidad termina relegada por la épica.
La campaña anterior es un excelente ejemplo de esto: José Antonio Kast prometió en campaña no tocar beneficios sociales para reducir el gasto fiscal. Tres meses después planteó limitar la gratuidad hasta los 30 años. Desde el otro sector, Jeannette Jara en primera vuelta negó rotundamente a nacionalización del cobre, pese a tenerlo escrito textualmente en su programa. Y así podríamos seguir dando ejemplos.
Chile tiene problemas reales: crecimiento lento, inseguridad, desconfianza en las instituciones. Negarlos sería tan absurdo como el cuento medieval con el que comenzamos. Pero otra cosa muy distinta es sostener que el país entero se ha convertido en un desastre irreversible.
Tal vez el verdadero problema no es el país que algunos describen en sus relatos apocalípticos, sino otro más profundo: hemos perdido el respeto por la honestidad democrática y somos capaces de negar la verdad cuando no favorece a nuestro propio sector político.
Después de todo, parece que las leyendas no solo se cuentan sobre el pasado: también se inventan sobre el presente.
Pablo Durán Rivera
Estudiante de Historia





