El pueblo todavía está oscuro cuando Héctor Carvallo, estudiante de Historia en la Universidad Católica, sale de su casa rumbo a San Joaquín. Debe recorrer más de 80 kilómetros para llegar a la universidad. Entre buses, campo y multitud, el trayecto forma parte de su vida desde hace casi dos años.
Por Matilda Díaz
Son las 05.20 y la tercera alarma rompe el silencio de Bollenar. Hacen tres grados. Héctor Carvallo, estudiante en segundo año de Historia de la Universidad Católica, se levanta, se viste y camina por una casa que todavía duerme. Se bañó la noche anterior para ahorrar tiempo. Se pone cuatro capas de ropa. Desayuna un yogur, arma la mochila y le deja comida a los gatos que siguen enredados entre las mantas. A esa hora, su día todavía no empieza. Primero tiene que llegar a él.
El estudiante sale de su casa a las 06.26. El pasaje Santa Gemita está oscuro. Un gallo canta y un perro ladra. Algunas luces encendidas dejan ver al resto del pueblo. No hay vereda: camina por la orilla de la calle, entre plantas y barro, hacia el paradero.

Bollenar es una localidad que está a 14 kilómetros al norte de Melipilla en la que habitan 5.308 personas. Para Héctor, estudiar también significa planificar sus horarios en torno a una micro. Nunca llega justo a clases y prefiere llegar diez minutos antes que correr detrás del bus: perderlo puede significar llegar una hora y media tarde y quedarse dormido significa directamente no llegar. Lo más temprano que se ha levantado para llegar a una clase es a las cuatro de la madrugada. “Incluso, conozco otras personas cerca de donde vivo que duermen mucho menos que yo”, confiesa.
A las 06.32 llega al paradero. Del trayecto, “la parte del bus es la más difícil”, dice. Sus manos están frías. Seis minutos después, unas luces cruzan el puente: es el bus.
—¡Buena, don Dani!
El chofer sonríe y corta un boleto de estudiante. Todos parecen conocerlo. Héctor camina hacia el fondo, donde siempre se sienta. Los vidrios del bus están empañados. Intenta buscar maneras de hacer el viaje más llevadero: “Yo no salgo sin música”. Se pone los audífonos y reproduce Tabú, de Gustavo Cerati. A las 06.46 se recuesta sobre su mochila. Durmió menos de cinco horas y no piensa desperdiciar la oportunidad de descansar. Las luces se apagan.
Afuera, el paisaje se arma con la salida del sol: terrenos vacíos, campos verdes y pequeños pueblos. Adentro cada vez queda menos espacio. A las 07.11 casi todos los asientos están ocupados. Cinco minutos después, algunos ya viajan de pie. “Al inicio me costaba caleta. Ahora lo llevo mucho mejor de lo que esperaba. Ya me acostumbré”, dice mientras ve los árboles pasar.
Poco a poco el campo desaparece y Santiago entra por las ventanas. A las 08.00 se baja en Las Rejas. Deja atrás la calefacción del bus y el ruido del metro toma protagonismo. Toma línea 1 en dirección a San Pablo. Llega a la estación terminal y combina con la línea 5. Todavía le quedan doce estaciones más.

A las 08.55, después de casi dos horas y media de que salió de su casa, llega al Campus San Joaquín. Se dirige al Cafetón. Tiene hambre. Pide un sándwich de jamón serrano. En la mochila lleva una tablet, un cuaderno, un par de lápices, una bufanda, medicamentos y papel higiénico. Intenta llevar lo indispensable.
Vive en Bollenar desde hace 17 años y hace este recorrido desde que entró a la universidad, en 2025.
En Bollenar las opciones son pocas. Quien quiere estudiar debe viajar, endeudarse o encontrar cómo costear una vida fuera. De sus compañeros del liceo, muchos entraron a institutos de Melipilla, pocos llegaron a la universidad.
***
Son las 17.20. Héctor acaba de salir de Segregación y Desigualdad en la Ciudad, su última clase del día. Mientras camina al metro ya comienza a pensar en el regreso, el tráfico y el tiempo que esperará para poder conseguir un asiento en el bus.
A las 17.30 entra a la estación San Joaquín. Toma el metro. En Baquedano, como siempre, la combinación está llena. Llega a la Línea 1. Está apretado. El calor de demasiados cuerpos juntos le abruma.
—Parecemos jureles— bromea.

A las 18.03 entra al terminal de Estación Central. Huele a fritura y a cigarro. Hay ropa, comida, motores encendidos, vendedores ambulantes y filas que se cruzan unas con otras. Llega a la caseta a comprar el ticket. La cajera le da la mala noticia: el próximo bus con asientos disponibles sale a las 19.15.
Podría irse antes, de pie, pero tiene una lesión en la rodilla y le espera más de una hora de viaje en carretera. Prefiere esperar. Compra gomitas. Se apoya en un kiosco azul, cruza los brazos y mira el reloj. Repite la acción cada cinco minutos. Son casi las siete. Salió de clases hace dos horas. Todavía no comienza el tramo más largo del regreso.
A las 19.03 llega el bus. Los asientos son angostos. El pasillo colapsa con los pasajeros que van de pie. A las 19.15 parte. Santiago desaparece poco a poco mientras los vidrios se empañan. Héctor pasa de una aplicación a otra. A veces intenta estudiar, pero la mayoría de las veces el sueño le gana.

“Preferiría vivir cerca, ganaría 6 horas”, dice Héctor. Su “día útil”, según él, empieza cuando llega a la universidad. Por más que le gustaría, no puede aprovechar el tiempo del viaje como quisiera. No logra descansar, estudiar se le dificulta y debe estar atento para no pasarse del paradero.
Son las 20.43. Han pasado más de tres horas desde que tomó el metro. Se vuelve a ver el campo. Los edificios se transformaron en casas aisladas. El olor a leña avisa que ya está cerca. Héctor valora el silencio, viajar seguro y observar las estrellas, pero la distancia pesa más. “Mi calidad de vida igual se ha visto afectada”, dice mientras piensa en las pocas horas de sueño y las largas horas de viaje a las que se enfrenta a diario. “Cuando tenga trabajo en Santiago, me voy a vivir allá”, asegura.
A veces se compara con sus compañeros. Algunos no se tardan ni siquiera una hora. Héctor, en cambio, puede tardar tres o cuatro. La planificación y el extenso viaje no es solo para ir a estudiar: “Cada vez que tengo que ir al médico o ir a ver a mis amigos, tengo que pegarme un pique terrible largo”. Según el estudiante, depender de las micros es quedarse aislado.

Ya llegó a Bollenar. Las luces escasean. Desde la ventana aparecen animitas al costado de la avenida. Héctor cuenta que la oscuridad ha sido escenario de accidentes. Las personas caminan por sectores sin iluminación mientras los autos pasan a gran velocidad. La tranquilidad del pueblo se transforma en incertidumbre cuando cae la noche.
A las 21.05 se baja del bus. Hace frío. Camina por las calles sin vereda. Tiene las manos heladas. Luego de un rato, entre ladridos, divisa el portón de madera. Han pasado casi dieciséis horas desde la tercera alarma. Entra a casa y saluda a sus padres. Hay calefacción y un queque esperándolo. No demora en comer. “Llego a mi casa a puro estudiar”, dice mientras organiza las lecturas pendientes. Repasa un poco y se acuesta. Mañana, la rutina que inició hace dos años se repite.






