La última mitad de la década ha estado protagonizada por una patología social extremadamente peligrosa: la polarización ideológica. Actualmente vivimos en una sociedad donde los matices son tomados como debilidad o amarillismos, donde ser objetivos a la hora de criticar o proponer medidas del color que sea te convierte inexorablemente en un ser egoísta, carente de conciencia social o —por el contrario— en un fanático marxista.
Las causas de este fenómeno son variadas; no hay que ser un erudito en la política para entender la raíz del problema. Nuestras generaciones nacieron con cicatrices trazadas por el peso de la historia. El contexto internacional actual guarda similitudes importantes con las disputas por la influencia mundial entre las potencias de la Guerra Fría y —naturalmente, guardando la debida distancia— con la polarización que caracterizó el periodo de la UP y el régimen militar. La batalla cultural por el dominio ideológico y económico es nuevamente el tema central mundial y nacional; la esencia defensora, luchadora y decisiva que nos define desde eras independentistas vuelve a aparecer, pero ahora contra nosotros mismos.
Desde el estallido social hasta el día de hoy, la división de la ciudadanía chilena ha sido tajantemente notoria: eres A o eres B. Las redes sociales, las fake news y el algoritmo no solo han ayudado a la proliferación de fanáticos ideológicos sin capacidad de argumentación, sino que han creado un contexto nacional en el que la violencia y la mentira ganan protagonismo en el discurso de ciertos colores políticos.
El título de esta columna de opinión no es solo una analogía acertada sobre la realidad nacional, sino un recordatorio para concientizar sobre los horrores que ha traído consigo la falta de tolerancia y de diálogo. El muro de Berlín cayó y el individuo aprendió —por lástima, momentáneamente— de la importancia del consenso.
La democracia y la soberanía popular han sido una herramienta fundamental para medir las inquietudes del pueblo. Cada gobierno surge como respuesta directa a lo que nosotros —como individuos— creemos necesario para el país y el bienestar de nuestro círculo cercano. Pero la democracia empieza a ser un arma de doble filo cuando el ciudadano actúa desde la ignorancia, el pensamiento colectivo y el fanatismo ideológico.
Consumidos por la polarización, debemos esforzarnos desde la voluntad individual por informarnos, aprender a ceder y llegar a puntos medios. Es responsabilidad de nosotros —no de los políticos— armar un ambiente de respeto donde la libertad de expresión y la unión nos lleven a fortalecer la democracia y la institucionalidad.
Como estudiantado, tenemos la obligación de abrir espacios de diálogo; dejemos atrás las posiciones antagonistas, la propaganda violentista y la negación de los matices. En nuestras manos está comprendernos, debatir con altura y construir puentes en vez de levantar muros; porque seremos nosotros quienes mañana tendremos la tarea de construir un Chile mejor, y ese camino empieza hoy, aprendiendo a escucharnos y a pensar en conjunto.
Esto no se trata de colores políticos, sino de voluntad personal.
Tomás Sastre
Estudiante de College de Ciencias Sociales



