“Volver a articularnos”: el desafío del movimiento feminista UC tras ocho años de la toma de Casa Central

La ocupación de 2018 pretendía ser un acto de minutos; se extendió por tres días.  Desde la UC, las estudiantes gestaron un símbolo de una época marcada por el auge de los movimientos sociales. Desde entonces,cambiaron prioridades, formas de organización y sus protagonistas. Hoy, entre avances y cansancio, volver a encontrarse figura como el nuevo horizonte. 

Es 25 de mayo de 2018. Son las 5:30 de la mañana, y entre 100 y 150 estudiantes de la Universidad Católica avanzan en brigadas desde la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Minutos después, en un acto inédito, la Casa Central de la UC amanece en toma:  entradas bloqueadas, lienzos colgados desde los balcones y consignas feministas que anuncian el inicio de una movilización que marcaría la historia de la universidad.  

Lo que pensaban que sería un acto de 15 minutos se extendió por tres días. Tres días de asambleas, de discusiones sobre violencia de género y de negociaciones con el entonces rector Ignacio Sánchez.  

En medio de la ocupación, con las llaves del campus en mano, algunas estudiantes recorren espacios que permanecen cerrados. Suben escaleras desconocidas, atraviesan pasillos silenciosos y, sin quererlo, llegan hasta la figura que las recibe todos los días entrar a clases: el Cristo que corona la Casa Central. 

Esta vez no lo miran desde abajo. Están a su lado. Desde ahí, el Gran Santiago se deja ver completo frente a ellas.  

*** 

“La toma de Casa Central de 2018 fue una insolencia muy hermosa, que nos dio la postal de lo que fue 2018”, dice Alondra Carrillo, exestudiante UC y exvocera de la Coordinadora Feminista 8M. 

La ocupación no fue liderada por ningún movimiento político. Surgió desde un grupo de voceras que, si bien eran de distintos campus y no se conocían, coordinaron la toma y las negociaciones con rectoría. 

En 2011, había una discusión entre los sectores de izquierda UC: ¿quiénes serán los herederos de la toma del 67, la última ocupación de Casa Central, y darían continuidad a esa radicalidad del movimiento estudiantil?  

“Fue realmente muy interesante y emocionante ver que las que fueron capaces de tomar una acción como esa, tan radical, difícil y valiente, iban a ser las feministas”, dice Alondra Carrillo. 

Rápidamente se volvió mediático. La Universidad Católica, una institución de tradición, había sido ocupada por estudiantes que levantaban una consigna incómoda para muchos: denunciar el acoso y el abuso sexual.  

No era un gesto aislado. “Esto recién comienza”, clamaba uno de los lienzos. 

El frontis de la casona se transformó en el punto neurálgico de la movilización: entrevistas, vocerías improvisadas, y estudiantes que entraban y salían entre asambleas. Daniela Pinto, entonces estudiante de Ciencias Biológicas, estuvo allí. Recuerda ese año como uno de agitación del movimiento feminista, donde la toma fue la culminación de un proceso que llevaba meses gestándose. 

El movimiento crecía, aunque de forma dispersa entre facultades, lo que también interpuso obstáculos organizativos. Como consejera territorial, organizaba asambleas junto a sus compañeras: “Éramos súper pocas, pero igual empezamos a generar nuestras asambleas. Eran cada vez más a nivel de Casa Central, lo mismo en San Joaquín. Las salas se llenaban”. 

Ilia Gallo, entonces vocera de la toma y estudiante de Diseño, también rememora el ambiente que se vivía en esos espacios: “Había una especie de motor que era una sensación de injusticia compartida, de experiencia y vivencias dentro de la misma universidad, fuera de la universidad, incluso con compañeros de clase. Entonces, creo que ahí se armó una especie de energía que permitía autogestionarse mejor”. 

El petitorio de 2018 se destacaba por la amplitud de sus demandas. En el centro estaba la exigencia de un protocolo institucional que previniera y sancionara la violencia sexual y la discriminación de género en la universidad. 

Dentro de las aulas, las estudiantes pedían una educación no sexista, inclusiva e interseccional. El tercer punto del petitorio contempla uno de los casos más conocidos en la universidad respecto a una presunta violencia intrafamiliar, donde se pidió la desvinculación inmediata del profesor acusado. 

Los estudiantes padres y madres también se consideraron dentro del petitorio, exigiendo mayores beneficios para ellos junto con la creación de un catastro institucional. En tanto, para las personas transgénero y no binarias se solicitó la aceptación de su nombre social y baños inclusivos. 

Para Alondra Carrillo, entonces vocera de la Coordinadora Feminista 8M, estas demandas reflejaban un momento particular del movimiento feminista en Chile: “Toma un carácter de masa del 2016 y se monta sobre lo que era la emergencia contemporánea del movimiento feminista. Hace eco del llamado que se levanta desde Argentina de “Ni una menos” y que acá moviliza a 100.000 personas”. 

En 2018, el movimiento había tomado una cierta efervescencia que se junta con un fortalecimiento de los movimientos sociales en general. Además, la vida política dentro de las universidades se veía mucho más dinámica durante esos años. 

Ocho años después 

A ocho años de la toma, el movimiento feminista en la UC ha cambiado sus formas de organización, prioridades y niveles de participación. Mientras algunas de sus protagonistas destacan avances institucionales importantes, otras advierten una pérdida de fuerza en la movilización estudiantil.  

Sin lugar a dudas, el feminismo —y la política en general— sufrió eventos que reordenaron sus prioridades y movilización: una pandemia que paralizó la vida universitaria por dos años y las expectativas frustradas depositadas en el llamado “gobierno feminista”. 

A través de la Asamblea General Feminista 2026, las estudiantes recopilaron sus demandas en un petitorio. Entre ellas, la actualización de los procesos de denuncia por violencia y discriminación de género, junto con el avance hacia una academia paritaria y con perspectiva de género. 

También se exigen abordar las dinámicas estructurales que generan desigualdades de género al interior de la universidad, incluyendo mejoras en la infraestructura —como la ampliación de baños para mujeres— y la implementación de la ley “Yo cuido, Yo estudio”. 

Academia Feminista es una organización estudiantil dedicada a impulsar formación y discusión dentro de la comunidad universitaria. Una de sus coordinadoras, Marcela Manzur, señala que la toma de 2018 logró generar cambios relevantes dentro de la UC, como el fortalecimiento de los protocolos frente a la violencia de género y la creación de la Unidad de Violencia de Género. 

Sin embargo, advierte que con el paso de los años el movimiento “ha ido perdiendo su fuerza”.  

“Estamos en un contexto nacional e internacional de avance de la ultraderecha, que promueve ideologías que son en contra de los derechos de las mujeres (…) Ojalá el movimiento vuelva a fortalecerse, porque nadie sabe hasta cuándo vamos a estar con lo que tenemos actualmente”, dice Manzur, con preocupación en su rostro. 

Cansancio y desmovilización 

Mati Sapag, coordinadora y exjefa de la Comisión de Feminismo del Centro de Alumnos de Ingeniería (CAI), coincide en que hoy el movimiento se percibe menos activo.  

“La falta de respuesta a las acciones hace que la gente se canse y quiera enfocarse en otros aspectos”, señala sobre las razones tras el desgaste. A esto se suma un factor político más amplio: “Hoy existen influencers o páginas en redes sociales que promueven discursos y pensamientos que en 2018 eran impensados”, dice.  

Hace algunos años, dice, el movimiento contaba con mayor respaldo para cuestionar públicamente ese tipo de discursos: existía una fuerza colectiva que permitía interpelar con mayor claridad a quienes difundían, a su juicio,comentarios hostiles en redes sociales.  

Con una mezcla de frustración e indignación en la voz, reconoce que siente que la palabra feminista volvió a generar rechazo y a mirarse en menos. Para ella, uno de los principales desafíos es recuperar esa identificación colectiva: que más mujeres vuelvan a sentirse convocadas, que quieran salir a marchar y decir abiertamente: “Yo soy feminista”. 

Una lectura distinta la entrega Antonia Rebolledo, secretaria general de la Federación de Estudiantes de la UC (FEUC). Desde su rol en la dirigencia estudiantil, observa que uno de los principales cambios respecto de 2018 es la pérdida de articulación entre los distintos sectores del movimiento. 

A su juicio, hoy muchas demandas avanzan en paralelo: “Todos los objetivos que tienen distintos grupos de mujeres ya sean pobladoras, trabajadoras o estudiantes, van caminando paralelamente, pero se han perdido las intersecciones entre las luchas”. 

Para Rebolledo, recuperar ese punto de encuentro es uno de los desafíos centrales del movimiento. “Perdimos el encuentro entre luchas (…) se perdió esa fuerza, esa garra de querer que se escuche mi voz”, afirma. 

Por su lado, Alondra Carrillo identifica distintas variables para este debilitamiento, tales como la constitución rechazada de 2022 y el autodenominado gobierno feminista del expresidente Gabriel Boric, “que ingresó levantando banderas del movimiento social y que acabó gobernando en un sentido muy contrario a esas declaraciones iniciales”. 

Hubo decepción. Aun así, Carrillo sostiene que el feminismo sigue siendo un actor central del panorama político chileno. “Hay muchas cosas que han cambiado en 8 años”, dice. Entre ellas, la instalación de una agenda política que busca poner “la vida de las mujeres, niñas, y disidencias en el centro”. 

Se habla de un movimiento ya consolidado, con un camino recorrido, que ha acumulado experiencia a lo largo de los años y que se hace parte ineludible del paisaje político en Chile. 

Un destino desconocido, pero proyectado 

El futuro del feminismo universitario sigue abierto. Tras la desmovilización, la moción parece rearticularse ante lo que declaran “tiempos álgidos y difíciles”. 

—¿Qué esperas para el movimiento feminista universitario en los próximos años? 

—Hacer feminismo en un contexto en el que el movimiento está amenazado por un avance reaccionario y conservador. Pero no solo para defender lo avanzado, sino para volver a empujar nuestro programa como un horizonte de futuro— sostiene Alondra Carrillo. 

—Como mujeres que estudian en la mejor universidad de Chile, tenemos una gran responsabilidad. Necesitamos volver a articularnos y deberíamos ser líderes en ese objetivo— expresa Antonia Rebolledo. 

—Que se articulen y generen espacios de reflexión y acompañamiento. Y que las autoridades no las hagan tontas, porque creo que a nosotras nos pasó. Para mí 2018 es una anécdota, porque claro, lo viví intensamente. Pero espero que dentro de la historia de la universidad se recuerde, no mi nombre, no, sino no el hito en sí mismo, ¿cachái? — dice Daniela Pinto. 

—Espero que en esta marcha del 8M estemos todas juntas en Casa Central y volvamos a marchar unidas— agrega Mati Sapag. 

Una vez más, bajo el Cristo 

Han pasado ocho años desde la toma feminista. La universidad es otra. Las estudiantes, también. 

De vuelta bajo el Cristo de Casa central, la convocatoria ya no es tan masiva. La batuta de la organización recae sobre las representantes estudiantiles, quienes intentan mantener encendida una llama que, pese a sus transformaciones, sigue viva.  

“Ante la moral impuesta, conciencia en protesta” se lee en el lienzo que llevan algunas estudiantes. Entre ellas está la presidenta de la FEUC, Martina Matus. “Nosotras tuvimos la oportunidad de entrar a una universidad que fue creada por mujeres, fueron las cabras del 2018, fueron las mujeres que antes pelearon por la democracia”, dice. 

Poco después, el grupo se despide del Cristo. Caminan hacia La Moneda tras una mañana de reflexión y encuentro en su punto de partida: la Casa Central.  

Comparte esta noticia
elpucliticochile
elpucliticochile