Razones para ingresar a la educación superior después de los 30 años hay muchas. Si bien en Chile, al terminar la educación secundaria, el camino obvio es estudiar una carrera, esta realidad no es la de todos.
En los años 80 y 90, estudiar era un verdadero privilegio y muchos debían endeudarse para llegar a sacar “un cartón” que “aseguraba la vida”, que te convertía en “alguien en la vida”. En los sectores económicamente más afortunados, ese “cartón” tan preciado y mágico era casi una obviedad (y el puesto de trabajo estaba casi garantizado, ya sea por tener ese cartón, como por contar con una red de apoyo profesional o personal).
No me malentiendan, el esfuerzo de ese estudiante es el mismo que el de sus compañeros menos afortunados, pero las condiciones materiales que le rodean claramente eran más amenas para el proceso educativo, pues lo más probable es que él no debía ver cómo en su casa se comía menos, se vendía el auto (si es que tenían), se hipotecaba la casa (si es que la había) o se prescindía de lo básico, solo para pagar un arancel que representaba más de la mitad del ingreso familiar.
Hoy las políticas públicas orientadas al acceso a la educación superior, sumadas a la digitalización y las herramientas tecnológicas diseñadas para acceder al conocimiento, han permitido una suerte de democratización. Eso que era privilegio hoy está más al alcance. Sin embargo, aún hay tarea pendiente. Si los aranceles van año a año al alza y muchas becas son solo para quienes egresan de educación media en la generación inmediatamente anterior al año de ingreso a la educación superior.
¿Qué opciones quedan para el resto que, aun habiendo hoy mayores ingresos que en décadas pasadas, no tienen para pagar? ¿Qué opciones les quedan a aquellas mujeres que fueron madres jóvenes, optaron por la vida, criaron a sus hijos (incluso solas) y ahora desean reencontrarse y autorrealizarse estudiando y así buscar mejores opciones de trabajo? ¿Qué opción le queda a ese joven que debió ser cuidador al salir del colegio (si es que terminó el colegio) y, habiendo ya cumplido esa noble misión, desea estudiar? ¿Sabían que hoy, en el mercado laboral, una carrera de pregrado ya no es suficiente? ¿Qué opciones tiene ese profesional que estudió algo que no le gustaba y ahora desea elegir una segunda carrera, ya sea por espíritu y vocación, o porque no encuentra trabajo en su carrera inicial o porque desea complementar? ¿Qué opciones tiene ese joven que debió luchar con alguna condición médica que le vetó la opción de estudiar en sus veintitantos? ¿En qué minuto le pusimos edad o condición a los sueños?
El choque de realidad es enorme al conocer las diferentes historias. Somos minoría, nos vemos hasta chistosos siendo adultos entre gente tan joven; incluso podemos ser incómodos para los profesores, pero la brecha generacional se vuelve invisible cuando al final del semestre estamos todos en la misma: las mismas inquietudes, las mismas trasnochadas, los mismos dolores, las mismas alegrías.
Yo ingresé después de mis 30 años a estudiar Ciencia Política porque se me ocurrió que era una buena idea, considerando mis actividades laborales y mis estudios previos y, además, porque una condición de salud hizo que mis tiempos fueran más lentos que los de mis pares. Más allá de mis razones, lo importante es que elegí ejercer un derecho. En conclusión, lo hice porque sí, porque quise y nadie debería tener que dar una explicación ni rogar por un derecho: el derecho a educarse.
Evelyn Patricia R. U.
Expresidente TRICEL FEUC 2025




