Estimada directora: Durante el mes de marzo, con ocasión de la festividad de la Anunciación, diversos grupos cristianos refuerzan públicamente su postura en defensa de la vida y en oposición al aborto. Es positivo que se alcen voces en favor de aquello que consideran un principio fundamental. Sin embargo, esta defensa exige coherencia.
Resulta insuficiente proclamar la dignidad de la vida desde la concepción si, una vez nacido el ser humano, se olvida que esa misma dignidad permanece intacta en cada persona. ¿De qué sirve posicionarse públicamente contra el aborto y la eutanasia si, al mismo tiempo, se respaldan ideologías que descalifican al que piensa distinto? ¿Se toleran expresiones de violencia o se antepone el beneficio propio al bien común?
Quien se reconoce cristiano no debiera escudarse en su fe ni limitar su testimonio a declaraciones circunstanciales. La fe, si pretende ser coherente, debe traducirse en acciones concretas orientadas a la justicia social y el compromiso por la equidad, promoviendo así un desarrollo verdaderamente integral de la sociedad. Solo entonces podrá invocar con sentido vital las palabras “Señor, Señor” (cf. Mt 7, 21).
La defensa de la vida no puede fragmentarse ni instrumentalizarse; debe asumirse como un compromiso integral que abarque todas las dimensiones de la convivencia humana.
Vicente Lermanda Toledo
Presidente Centro de Estudiantes de Teología





