Jesucristo Superstar: la estrella que desafió a Dios

Estimado lector de El PUClítico,

Es Semana Santa y no solo llegan huevitos a la casa. Por eso, te traemos una reseña de Jesucristo Superstar, la película.

Estrenada en 1973, Jesucristo Superstar es la adaptación cinematográfica de la obra del compositor Andrew Lloyd Webber, quien tenía 22 años cuando la compuso. La película, dirigida por Norman Jewison, relata los últimos días de Jesucristo en formato de ópera rock y, pese a su evidente bajo presupuesto —visible en su escenografía austera y la utilización de locaciones naturales—, logra consolidarse como uno de los grandes musicales de todos los tiempos.

La película empieza con una van hippie llegando a Jerusalén con Jesús y termina con la misma van yéndose sin él. Y es que la historia ya la conocemos todos, sabemos quién morirá al final. Sin embargo, se siente completamente nueva, con una creatividad innata que resulta aún más sorprendente para su época.

Canciones bailables, brillos en la cara, una estética teatral marcada, trajes anacrónicos y una última cena que es un picnic. La película, en su momento, generó controversia en algunos sectores, no solo por su formato rock, sino por desafiar las representaciones cristianas tradicionales, percibiéndose como una forma de ridiculización de la religión.

La película pareciera cuestionar una fe ciega: masas que siguen a Jesús y le piden que los toque, que los bese, depositando en él una devoción casi automática. La batuta la lleva él, sin embargo, hay algo distinto esta vez. Cuando el pueblo le pregunta si morirá por ellos, su expresión cambia, pasando de la divinidad a la humanidad. Y es que el Jesús que aquí se retrata no es del todo santo: no solo se irrita en ocasiones, sino también es un hombre que duda, se cuestiona si vale la pena morir por su mensaje. Diversos personajes —incluido Judas— le sugieren que quizás ha llegado demasiado lejos, mientras él permanece inmerso en una búsqueda espiritual sobre su propio sentido de existencia: “¿Tendré más importancia muerto que vivo?”, se cuestiona.

Jesucristo Superstar también captura la incertidumbre del tiempo que retrata, porque todo está siendo constantemente cuestionado: ¿Es Jesús el hijo de Dios o solo un hombre noble?, ¿realmente resucitó?, ¿podría haber tenido deseos sexuales? El resultado es un Cristo humano, casi perdido. A la par, Judas deja de ser el villano absoluto: simplemente no entiende a Jesús. Busca hacer lo correcto, ayudar a los pobres y moderar el mensaje del Mesías —temiendo que su radicalidad conduzca al desastre— anticipando el final que ya conocemos.

Sin embargo, estas preguntas no se resuelven en la película, quedan ahí, y eso puede jugar tanto a favor como en contra. No se nos dice qué pensar ni cómo hacerlo, sino reconsiderar la vida y las enseñanzas de Jesús para llegar a una conclusión propia. Si fue Cristo o no, no resulta importante. El verdadero gesto está en no darnos la respuesta. De eso quizás se trata la fe. Ver esta película se vuelve, entonces, una experiencia tan personal como intentar hablar con Dios, porque Jesús también lo intenta, pero esta vez, no recibe respuesta.

Estrenada en unos años setenta con un contexto marcado por guerras, tensiones raciales y profundos cambios culturales, Jesucristo Superstar dialoga directamente con su tiempo. No era sencillo interpelar a una generación atravesada por lo político y lo contracultural que no hallaba a Dios en ninguna parte, la película apuesta por hacerlo desde el lenguaje del rock.

Basta ver a los soldados romanos, representados con cascos militares y ametralladoras y llegando en tanques a buscar a Judas. Resulta sorprendente ver cómo muchos de estos elementos siguen resonando hoy. Casi 60 años después, seguimos inmersos en un contexto similar, hay cosas que no han cambiado; la música, sin embargo, parece perdurar y volverse universal. Es un idioma que aún hablamos todos.

Reseña por Carla García.

Comparte esta noticia
Carla Garcia
Carla Garcia