“Lo que el alma hace por su cuerpo es lo que el artista hace por su pueblo”, reza una gigantografía expuesta en el frontis del Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM). A un costado del texto, la imagen de la poeta, con su característico semblante, posa su mirada sobre la Alameda.
Hace 52 años, en ese mismo recinto, fueron los ojos del mundo los que se volcaron hacia Chile. Tras un tiempo récord de tan solo 275 días de construcción, el gobierno de la Unidad Popular, encabezado por el presidente Salvador Allende, inauguró el edificio UNCTAD III. Más de mil personas, entre estudiantes, obreros y voluntarios, pusieron sus capacidades al servicio de un objetivo común. Fue la expresión de una verdadera revolución cultural de carácter popular.
La violenta irrupción de la dictadura encabezada por Augusto Pinochet barrió con todo rastro del gobierno pasado. Tras bombardear el Palacio de La Moneda, la Junta Militar ocupó las instalaciones del edificio. Tuvieron que pasar más de 30 años para que el recinto recuperara su sentido de origen: ser un centro cultural público y abierto a sus ciudadanos.
El Ministerio de Obras Públicas le informó el jueves a la constructora que el gobierno desistió de continuar las obras de ampliación. El ministro Arrau justificó la decisión escudándose en haber recibido un “déficit estructural histórico” y recalcando que “cada peso público requiere orden y justificación”.
¿Hasta cuándo la derecha radical seguirá relegando la cultura a un segundo plano? ¿Acaso las únicas inversiones válidas son aquellas que generan ingresos al fisco?
La paralización de este proyecto supone el desperdicio de una gran oportunidad. El carácter céntrico del recinto es una invitación abierta a la difusión de obras, exposiciones, talleres y demás espacios de encuentro. Este dato cobra aún más relevancia considerando que durante 2025 el GAM tuvo un récord histórico de visitas con 1.690.000 asistentes aproximadamente.
La suspensión de obras no es una simple decisión fiscal, es una postura política. El recorte a las artes es sello distintivo de la ultraderecha actual, la cual trata de imponer una visión cultural unívoca ligada a los valores tradicionales. Por lo tanto, esto no es una consecuencia, sino una condición del proyecto de José Antonio Kast.
A su vez, preocupa que no sea la primera ocasión en que este sector toma decisiones enfocadas en restringir el acceso a la cultura. En 2021, la actual senadora del PNL, Vanessa Kaiser, defendió su voto negativo a una subvención de Santiago a Mil puesto que promovía “ideologías de violencia”. La semana pasada, diputados republicanos y libertarios oficiaron al gobierno por el financiamiento de un festival cultural disidente, definiéndolo como “performances que tienen una relación directa con toda la lacra humana sexualizada”.
Una triste contradicción: los “defensores de la libertad” a la caza de la libre expresión. Pareciera ser que, para el oficialismo, todo lo que resulte opuesto a sus “valores” es ideología, adoctrinamiento o perversión; que todo espacio de encuentro constituye un peligro para el orden público y que cada expresión artística atenta contra las “buenas costumbres”.
Merecemos un gobierno que actúe como promotor de las artes y del encuentro ciudadano. Es fundamental comprender que el valor histórico de un edificio trasciende sus vigas. Tras cada muro, habita la memoria de aquellos trabajadores que, hace más de medio siglo, entregaron su esfuerzo para cimentar un espacio de pertenencia para el pueblo chileno. Defender el GAM no es solo proteger un centro cultural, es defender un proyecto y visión de sociedad: aquel que plantea que es imposible alcanzar la felicidad individual sin la felicidad colectiva.
Tobías “Toto” Etcheverry
Coordinador Interno NAU!




