Con ocasión del Natalicio del ex presidente Salvador Allende, el movimiento Nueva Acción Universitaria ha subido una publicación a redes sociales, reivindicando su figura y legado. Declaran: “hoy las juventudes progresistas vemos en Salvador Allende un símbolo de inspiración”.
Es clara la relevancia histórica de Allende. Encabezó el primer gobierno socialista democráticamente elegido en el mundo. Su vida tuvo un trágico final y en la hora más dura fue capaz de dar un último discurso que lo dejó arropado de una mística casi enceguecedora.
Sin embargo, pretender instaurarlo como símbolo del NAU y de los “jóvenes del futuro” manifiesta un estancamiento doctrinario severo en algunos sectores de izquierda de la UC.
El contexto mundial en el que operó Allende es radicalmente distinto al actual: un mundo cortado a la mitad, a un lado el “Pacto de Varsovia”, liderado por la Unión Soviética; y al otro, la OTAN, encabezada por EEUU. Los bandos eran completamente opuestos en su visión de la persona y la sociedad, en lo cultural, lo político y lo económico. Ambos buscaron expandir sus esferas de influencia, desatando conflictos locales, desde políticos a militares por todo el mundo. Chile no fue la excepción.
Nuestro país se vio profundamente afectado por el conflicto, lo que llegó a un punto crítico a partir de la década de los 60. Entonces, las llamadas “planificaciones globales” promovidas de manera intensa tanto por la izquierda como por la Democracia Cristiana, permearon hasta el más recóndito rincón de la vida de las personas, generando tensiones en sindicatos, gremios, empresas y el aparato gubernativo. En este contexto llega Allende a la presidencia, iniciando un ambicioso proyecto de “Vía Democrática al Socialismo”.
Allende dejó en claro que si la unidad nacional estaba quebrada, no sería él quien la reparase, ni mucho menos. El Presidente de la República ya venía premunido con un arsenal de ideas en una mano y una bandera partidista en la otra. Su plan fue desplegándose en una reforma agraria a ritmo galopante y llena de irregularidades, la nacionalización de la minería del cobre, su proyecto doctrinario de Escuela Nacional Unificada, políticas de control de precio y aumento de los salarios, llevando al país a una montaña rusa política y económica, aumentando, a medida que pasaban los años, la confrontación callejera, la violencia, y la tensión. Eso, sumado a una actitud complaciente respecto a la violencia, expresada, por ejemplo, en la polémica sobre los “bultos cubanos” o su indulto a guerrilleros del MIR, aumentaron la presión sobre el gobierno, que finalmente terminaría de la peor forma.
Dicen algunas fuentes que Allende tenía la intención de convocar a un plebiscito el día 11 de septiembre de 1973, para decidir la continuidad de su gobierno, lo que nos habla de su compromiso con la democracia. Suponiendo que fuese cierto, en el juego de la política el ser democrático, es un principio básico al que debemos atenernos. Pero él es tan solo el mínimo. Ya la unidad del país estaba quebrada y no en una medida menor, precisamente: por la acción de Salvador Allende.
Allende fue políticamente irresponsable con la unidad de Chile, y negligente, al querer llevar adelante en nuestro país un proyecto político global y excluyente, sin un apoyo popular mayoritario, en un contexto nacional y mundial de alta tensión, teniendo sobre su cabeza y las de todos sus compatriotas, a la CIA por un lado y a la KGB por el otro. En un Chile radicalizado, en el que parecía que primaban los intereses del partido por sobre los de la patria, Allende se alineó con los de su partido: la Unión Soviética, Cuba, los gobiernos-satélite de la URSS. Todo eso en el tiempo en el que ya se conocían (desde los años 50) las matanzas masivas de Stalin de millones de sus propios compatriotas.
No digo aquí que Allende “se ganó” el golpe de Estado. El camino que recorrió Chile previo a caer en dictadura sobrepasa su figura. Allende resultó desbordado. Fueron grandes procesos mundiales en curso los que contribuyeron a la desestabilización, la polarización, la sobre-ideologización, y permearon todas las capas de nuestra sociedad con división y partidismo. Allende solo echó bencina a un Chile que ya estaba ardiendo, lo que quedó de manifiesto con el gran apoyo inicial al golpe militar.
Seguir reivindicando figuras de este tipo, no hace más que reavivar las asperezas de uno de los períodos más oscuros de nuestra historia, en el que visiones totalitarias de la sociedad arrollaron toda posibilidad de diálogo y enturbiaron el verdadero sentido de la democracia republicana. ¿Por qué no esforzarse por buscar referentes en figuras que se hayan hecho efectivamente responsables de la unidad nacional, mediante procesos de reformas eficaces, con respaldo de mayorías efectivas, antes que dedicarse a la ejecución de una agenda partidista, en último término inviable, a costa de la división del pueblo chileno?
Hugo Herrera Truffello
Estudiante de Derecho