A las 21.02 del domingo 27 de septiembre, el Estadio Bicentenario de La Florida recibió a Robbie Williams. Su silueta se iluminó en el escenario tras un destello y Let Me Entertain You comenzó a sonar entre vitoreos. La espera se convirtió en euforia. El cantante salió a reafirmar una promesa: conquistar estadios como si cada presentación fuera la noche por la que había esperado toda su vida.
Crónica por Ximena Gimen y Damián Medina
La previa tuvo un contraste claro. Pedropiedra teloneó a Williams, pero no terminó de levantar a los presentes. Los segundos teloneros de la noche, The Lottery Winners, en cambio, aprovecharon su oportunidad con energía y carisma. Su cantante, Thom Rylance, transformó la espera en parte de la fiesta.
La emoción del eterno showman siguió con Rocket, pero es en Rock DJ donde estableció la pauta de la noche. Es con Supreme y Strong donde domó al público, manteniéndolo a coro. Llegó la primera pausa, donde le dedicó unas palabras a su familia. Retomó el show con Pretty face y Love my life, acompañado de la voz de su público.
Las pantallas se enfocaron en el entertainer. Tras dar guiños a su biopic, reanudó el ritmo acapela con Better man, donde destacó las escenas de su película del mismo nombre en la pantalla principal. Entre risas, volvió a interactuar con su público. El momento más particular fue cuando pidió permiso para cantar Wonderwall de Oasis.
El show continuó con Something Beautiful, Millennium y New York, New York, acompañadas por el piano interpretado por Williams. En este punto se detuvo para presentar a su banda, permitiéndole a cada integrante tocar un cover, para finalizarlo con la pregunta “Shit or not?”. Se divirtió al descubrir cuánto puede alargar una broma y por las sorpresas que sus propios músicos le tenían.
Entre interacciones con el público, la estrella británica mantuvo el espectáculo con No regrets, Come Undone y Kids con la misma energía que al inicio, aunque el público no siempre la devolvía con la misma fuerza. En un momento especial, descendió del escenario a abrazar a una fan, a quien le dedica She´s the one. Robbie sabía que la noche era suya, así que decidió homenajear a su padre, dedicándole My way, adaptación al inglés de Paul Anka que supo hacer propia.
Alrededor de las 22.30, las luces se apagaron y dejaron en incertidumbre al público. Robbie Williams respondió al llamado y volvió con Feel. La despedida con el público chileno se tornó íntima cuando cantó una de sus canciones más personales: Angels. Entre aplausos y gritos, aún eufóricos, y con una mirada convencida de haber triunfado esa noche, el cantante se retiró del escenario.
Robbie Williams sabe que es amado, pero, sobre todo, que sabe entretener. El artista mantuvo vivo el concierto, aunque faltó algo de vuelo colectivo.
Para un maestro de la entretención, cuya carrera no bajó del punto alto gracias a la lealtad de sus fans antiguos y los nuevos que se sumaron tras el estreno de su biopic –calificada como una de las mejores del género–, el show que no alcanzó las dos horas dejó ganas de más: costó despedirse de alguien que parecía estar pasándolo tan bien.






