El pasado 11 de marzo asumió la presidencia José Antonio Kast, manteniendo la narrativa de urgencia y crisis económica que marcó su campaña. Se ha presentado ante el país como un hombre austero y sencillo, justificando bajo esa premisa su decisión de residir en el Palacio de La Moneda. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿es esto realmente austero? Nuestra casa de gobierno no se encontraba en condiciones para servir como residencia particular. Si bien las adaptaciones estructurales exclusivamente de su habitación serán costeadas por el mandatario, el solo hecho de habilitar una residencia presidencial en dicho recinto aumenta exponencialmente los gastos de mantenimiento y seguridad en el área, los cuales serán financiados por todos los chilenos.
Resulta contradictorio que, en su primer discurso, señale haber recibido un país con «finanzas públicas debilitadas» y en «peores condiciones de las que podíamos imaginar», mientras viste la banda presidencial con el escudo bordado en hilo de oro y se traslada en helicóptero desde Valparaíso. La austeridad no puede ni debe ser un eslogan de campaña, sino un ejercicio de coherencia entre el discurso público y la política empleada.
Sin embargo, la hipocresía no se limita solo al escenario económico. Es impresentable que durante todo el mandato del expresidente Gabriel Boric se haya criticado de manera tan enfática el hecho de que no ocupara corbata y a la ministra Camila Vallejo por tener tatuajes visibles; sin embargo Mara Sedini, la nueva vocera de gobierno, se presenta al cambio de mando con un pronunciado escote, que bajo los mismos estándares resulta antiprotocolar. Podemos estar de acuerdo o no con los códigos de vestimenta, con el uso de la corbata o la visibilidad de los tatuajes, pero aún así, la contradicción es evidente.
Para finalizar, me parece imperativo recalcar el cambio en la agenda periodística que han tenido los canales de televisión. De la noche a la mañana, bajó drásticamente la cobertura de asaltos y crímenes violentos; ahora los matinales buscan «picadas para los martes de pololeo» y admiran la rapidez de los actos del nuevo presidente bajo su eslogan «Trabajando para usted».
El ethos de este «gobierno de emergencia» resulta inquietante. Instalar una narrativa fomentada por el estado de alarma permanente corre el riesgo de nublar el juicio crítico de la ciudadanía y aceptar, bajo el nombre de la urgencia, un modelo de gobernanza potencialmente peligroso y proyectos que no son nada más que perjudiciales, como sus recientes declaraciones respecto a los ajustes a la gratuidad universitaria y el CAE.
No permitamos que el miedo se convierta en política de estado.
Sofía González
Estudiante de College de Ciencias Sociales






