El legado incómodo de Francisco

A un año de la partida del Papa Francisco, más que recordarlo con tristeza, vale la pena preguntarnos con inquietud: ¿qué aprendimos de su vida?, ¿qué nos dejó como legado?

Francisco no fue un líder desde el escritorio: fue un hombre que vino a sacudir nuestra comodidad, nos llamó a dejar de balconear la vida e involucrarnos. Se preocupó de recordarnos incansablemente que la dignidad humana no es negociable, que es nuestro deber preocuparnos por quienes más sufren, dejando de lado el individualismo, superando la cultura del descarte en la que vivimos inmersos.

Nos dejó un mensaje claro: el mundo no funciona si no lo cuidamos todos. En «Laudato si» nos mostró como cuidar el planeta es una forma de cuidado mutuo; que la justicia ambiental y la justicia social son igual de necesarias y compatibles. Por lo mismo, el cuidado integral de nuestra “casa común” implica también cuidar la dignidad humana y justicia del más desprotegido.

En «Fratelli tutti» nos dejó una verdadera hoja de ruta para vivir una solidaridad auténtica. Nos enseñó que ser hermanos no es una consigna vacía, sino una decisión personal de poner al más vulnerable en primer lugar. Su legado es concreto: nos interpela a salir de nuestro metro cuadrado y a comprender que el hambre, la soledad o la exclusión del que tenemos al lado son problemas de los que somos siempre responsables.

El mejor homenaje a Francisco no está en las palabras ni en los monumentos, sino en recuperar la capacidad de mirar al otro a los ojos y reconocerlo con amor. Que su “revolución de la ternura” no se apague, y que su insistencia por un mundo más justo, humano y solidario siga incomodándonos, porque un mundo más humano y preocupado por los demás no se declara: se practica.

En honor a Francisco, sigamos haciendo lío.

Teresita Ríos
Consejera Territorial de Ingeniería por Solidaridad

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