El peligro de una izquierda fragmentada

Durante el último tiempo he participado y observado la política estudiantil de nuestra universidad, y hay algo que no deja de llamarme la atención: hablamos constantemente de organización colectiva, construir mayorías y de defender a quienes más lo necesitan. Sin embargo, cuando llega el momento de relacionarnos entre quienes compartimos principios, pareciera que las diferencias pesan mucho más que aquello que nos une. 

Creo que estamos equivocándonos. La diversidad siempre ha sido parte de la historia de la izquierda y es completamente legítimo que existan diferencias sobre cómo transformar la sociedad. El problema aparece cuando esas diferencias dejan de ser políticas y comienzan a convertirse en intereses personales e individualismos, y esto representa mucho a la derecha: cuando algunas organizaciones prefieren marcar distancia antes que tender puentes, cuando se renuncia a espacios de diálogo como lo son los debates, o cuando pareciera más importante diferenciarse de otros sectores de izquierda que enfrentar a quienes realmente piensan distinto. 

Entiendo perfectamente que la política también implica estrategias, proyectos políticos y, a veces, alianzas estratégicamente pactadas, pero me cuesta aceptar que, en nombre de esas diferencias, se pierda algo tan fundamental como lo es la capacidad de reconocernos como compañeros de objetivos en común, aun cuando no pensemos exactamente igual. 

A veces tengo la impresión de que discutimos más sobre quién representa la “verdadera izquierda” que sobre cómo construir una izquierda capaz de representar mejor a los estudiantes y ciudadanos. Esa discusión, lejos de fortalecernos, termina por fragmentarnos. Mientras algunos dedican sus esfuerzos a levantar nuevas barreras dentro de nuestro mismo sector, las causas que decimos defender (la educación, justicia social, igualdad de oportunidades y la defensa de quienes más lo necesitan) quedan en un segundo plano para que se prioricen los egos y el orgullo. 

Lo mismo ocurre fuera de la universidad. En la política nacional vemos cómo sectores muchas veces terminan por competir entre sí con más fuerza que contra quienes defienden proyectos completamente distintos. Esa fragmentación puede responder a estrategias electorales, pero también nos obliga a hacernos una pregunta: ¿cómo volveremos a ser mayoría y gobierno si no trabajamos unidos? 

Personalmente, la unidad también es un valor de izquierda. No hablo de pensar todos exactamente igual, hablo de reconocer que los desacuerdos no deberían impedir la colaboración cuando existen objetivos mucho más urgentes, como defender la justicia social y el bienestar del pueblo necesitado de nuestra ayuda. Esto implica, también, aprender a construir mayorías sin transformar a tu compañero en adversario, más aún en tiempos difíciles, donde tenemos que estar más unidos que nunca ante los recortes de derechos sociales que estamos presenciando.

Por eso me preocupa el rumbo que, en ocasiones, toma nuestra izquierda universitaria y nacional. Si desde la universidad normalizamos que las diferencias se traduzcan en aislamiento o peleas innecesarias, ¿qué clase de cultura política estamos formando para el futuro? ¿Una que construya puentes o una que siga normalizando divisiones? 

No escribo esta columna para señalar culpables, la escribo porque creo que la izquierda debe volver a preguntarse qué significa realmente la palabra “compañero”. Si nuestros valores hablan de solidaridad y comunidad, entonces esos principios deberían comenzar por reflejarse en la forma en que nos relacionamos entre nosotros. 

Porque la izquierda no solo debe defender la unidad cuando le conviene, debe practicarla todos los días en la calle y en la universidad. De lo contrario, corremos el riesgo de perder aquello que siempre la distinguió: la convicción de que las transformaciones nunca se construyen en soledad y, así, volveremos a ser gobierno dentro del corto plazo. 

Salvador Barceló Leal 

Estudiante de Geografía

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