Es una maravilla que en la Universidad Católica sean miles (literalmente) los que en vacaciones de invierno vayan a voluntariados:
Trabajos de construcción, misiones para compartir el mensaje de Jesús, actividades con niños, aportes en sustentabilidad y así, la lista suma.
Lo que estos tienen en común (y ocurre SIEMPRE), es que el voluntario quita los ojos de sí mismo durante esos días y los pone en los demás. Eso es el gran resumen de la experiencia del voluntariado, y es la razón de por qué uno, a pesar de dormir poco y estar exigido física y emocionalmente, está genuinamente feliz durante esos días y los recuerda como un tesoro. Uno se siente pleno, y eso es porque el ser humano no fue creado para sí mismo, fue creado para los demás, y cuando uno se reencuentra con esa misión universal, la felicidad es total.
Quisiera hacerle una breve invitación a todos quienes van a ir a voluntariados este invierno: que ese espíritu de servir a los demás perdure más allá del voluntariado. Esa es la misión secundaria que termina por ser más relevante que la principal. Que esa dinámica de quitar los ojos de uno mismo para posicionarlo en el otro pase a ser una rutina que guíe nuestro día a día. Se puede hacer. Es un desafío fascinante que, sin duda, hará más feliz al valiente que se atreva a tomarlo.
Y para quienes leen y nunca han participado de una instancia así, solo decirles que no he conocido a una sola persona que se arrepienta de haber ido a un voluntariado. Es una decisión bonita que no solo te alegrará, te hará profundamente feliz, pongo las manos al fuego por eso.
Domingo Palacios Medeiros
Presidente del Centro Alumnos de Economía y Administración