En la Universidad Católica se nos enseña que todo tiene un orden, que todo se puede lograr si uno se lo propone y se esfuerza, que el éxito académico es reflejo de la disciplina y mérito personal. Pero lo que no se comenta y muchos viven en silencio es el costo afectivo, emocional y sexual que muchas veces tiene el mantenerse en un buen rendimiento universitario.
La pregunta puede ser tabú, e incluso generar risa para algunos: ¿Puede un estudiante UC tener un buen promedio y, al mismo tiempo, una vida sexual activa? cuestión que deriva a un dilema profundo: ¿se está educando a estudiantes integrales o a máquinas de rendimiento?
Las exigencias académicas de la universidad no son menores. Bibliotecas llenas la mayor parte del año, semestres donde mantener un equilibrio entre dormir lo suficiente, comer sano y tener tiempo para conocer a otros/as suena como algo utópico. Aún así, muchas y muchos seguimos intentando tenerlo todo: notas sobresalientes, estabilidad emocional, un cuerpo saludable, y por qué no, una sexualidad libre y activa.
¿Y qué pasa si alguien prioriza el goce? ¿Es menos “serio”? ¿Menos “UC”?
Quizás el verdadero problema no es si se puede tener todo, si no por qué seguimos creyendo que debemos dividirnos entre ser estudiantes aplicados o seres deseantes. Como si la vida sexual activa implica ser descuidado con nuestra vida de estudiante, y si tener buenas notas fuera sinónimo de abstinencia.
Lo que nos falta no es tiempo ni energía, es conversación. Hablar abiertamente sobre la sexualidad dentro de los campus sin sentir que uno está desviándose del camino correcto. Porque no se trata de elegir entre uno o lo otro, si no de por qué seguimos viendo esas dos cosas como algo opuesto.
Entonces, ¿se puede tener todo? Claro que sí, pero no al mismo tiempo ni de igual forma para todos, y quizás, el éxito más importante no está en el promedio o en la cama, sino en aprender a vivir la vida universitaria con libertad, con deseo y sin culpa.
Renato Nazael
Estudiante de Estadística