Llamas que no se apagan solas

Conozco jóvenes que arden, que acompañan al compañero que dejó de venir a clases, que organizan lo que nadie les pidió organizar, que cargan con el ánimo del grupo cuando se está cayendo. Lo hacen sin que se note, sin pedir nada a cambio, y muchas veces mientras también ellos la están pasando mal.

El cardenal Chomali publicó una carta a los jóvenes chilenos que nombra bien lo que está pasando. No es un documento teológico ni un comunicado institucional, es un adulto mirando de frente a una generación. Vale la pena leerla, aunque no seas católico, porque lo que diagnostica no le pertenece a ninguna fe en particular. Hay jóvenes que no le encuentran sentido a lo que estudian. Hay compañeros que cargan tristezas que les nublan todo. Hay contextos tan duros que terminan apagando a personas que tenían muchísimo para dar. Eso lo reconocemos todos los que hemos estado cerca.

Escribo desde adentro, como parte de esa generación, y por eso quiero detenerme en algo que la carta toca y que vale la pena subrayar. Las llamas que existen no se sostienen solas y muchas otras todavía no han tenido la oportunidad de encenderse. No es un tema de convicción: acompañar a otros mientras uno también carga lo propio es un peso que difícilmente se sostiene en soledad y descubrir lo que uno tiene para dar tampoco ocurre en el vacío, necesita comunidad, necesita estructura, necesita que alguien más también esté poniendo leña. La esperanza, cuando es real, se construye entre varios.

Ahí es donde la carta del cardenal nos invita a todos a la conversación, no solo a la Iglesia. Si el diagnóstico es compartido, las instituciones tienen una oportunidad real de pasar de hablar sobre los jóvenes a trabajar con ellos. Eso es más concreto de lo que suena: significa decidir cosas con estudiantes en la mesa desde temprano, abrir espacios donde puedan probar lo que son capaces de hacer y acompañar los procesos para que ese potencial efectivamente se despliegue.

En la UC he visto que esa lógica funciona y suele ser porque alguien de adentro decidió confiar antes de tener todas las garantías. Eso es replicable y creo que es por ahí por donde se construye lo que viene.

Los jóvenes no necesitamos diagnósticos desde lejos, necesitamos instituciones dispuestas a confiar en lo que esta generación es capaz de hacer cuando tiene espacio para hacerlo. Crear las condiciones para que muchos más jóvenes encuentren cómo desplegar lo que tienen para dar es, probablemente, una de las decisiones más importantes que podemos tomar como comunidad sobre el país que queremos ser en diez años.

La carta del cardenal termina con una frase que queda dando vueltas: “Chile será lo que ustedes son hoy”. Le creo. Y por eso mismo lo que importa no es solo cuidar las llamas que ya existen, sino crear las condiciones para que muchas más se enciendan. Esa es una tarea que no se hace solo y por eso conviene hacerla juntos.

Jean Joublan
Estudiante de Ingeniería

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