El bullying selectivo

Ayer 27 de abril, frente a las críticas a su gestión, la ministra Mara Sedini afirmó: “Cuando a la izquierda le faltan argumentos, recurre al bullying”. Más allá del debate sobre los límites del tono en política —que difícilmente puede reducirse a una disputa entre izquierda y derecha—, la declaración abre una pregunta más incómoda: ¿quién puede permitirse hoy denunciar aquello que ayer parecía parte normal del debate? Y es precisamente en esa tensión donde su afirmación adquiere un carácter, por decirlo suavemente, hipócrita.

No se trata de negar que algunas críticas han sido excesivas —o incluso desubicadas— ni de defender formas de ataque personal que poco aportan al diálogo democrático. Pero reducir las críticas a una cuestión de “bullying” significa desplazar la conversación desde el contenido hacia la forma, evitando así enfrentar el fondo del cuestionamiento.

El problema no queda solo ahí. Muchos recuerdan algunas declaraciones de la actual vocera durante el gobierno anterior —y también su paso por el programa Sin Filtros, donde el intercambio suele privilegiar el eslogan por sobre el argumento—: “Este presidente (Boric) a mí me provoca vergüenza ajena”, o “Miss de las fake news, licenciada en mentiras, magíster en censura y doctorado en cara de palo”, en referencia a Camila Vallejo. No se trata de episodios aislados, sino de un tono que formaba parte habitual del debate cuando le tocaba estar en la oposición.

Más allá de errores puntuales o pifias comunicacionales, el problema no radica solo en el contenido de la declaración, sino en la reacción que genera —o que deja de generar— según quién la emite. Porque si una afirmación de este tipo hubiese provenido de la vocera anterior, difícilmente habría sido leída con la misma indulgencia. Es precisamente en esa asimetría donde el debate deja de ser exigente y comienza a volverse selectivo.

No tiene mucho sentido para el debate público que el oficialismo en su conjunto pida hoy clemencia o paciencia, cuando esa misma paciencia fue escasa —o derechamente inexistente— frente al gobierno anterior. La exigencia en política no puede depender del lugar que se ocupa en un momento determinado. Si ayer se validaba una crítica dura, rápida y sin concesiones, resulta difícil justificar que hoy se invoque moderación como criterio. Esa asimetría no solo debilita la crítica actual, sino que también erosiona la credibilidad de quienes la formulan.

No es la primera vez que ocurre. Ya le pasó al gobierno de Gabriel Boric: durante años, la administración de Sebastián Piñera fue objeto de críticas duras y sin mayor paciencia. Sin embargo, una vez en el gobierno, muchas de esas certezas se enfrentaron a una realidad más compleja, donde las decisiones no admiten la misma evidenciar una constante: la facilidad de exigir desde la oposición rara vez sobrevive intacta al ejercicio del poder.

Ojalá la actual oposición haya aprendido algo de su paso por el Gobierno, no solo en términos de gestión, sino también en la forma en que se ejerce la crítica. El oficialismo haría bien en tomar nota de esa misma lección…: “Otra cosa es con guitarra”. Porque si desde la oposición todo parece evidente y urgente, el ejercicio del poder obliga a lidiar con límites, costos y decisiones que rara vez admiten la simpleza del eslogan. Criticar es fácil; gobernar, no. Cuando se actúa como si ambas cosas fueran equivalentes, lo que se revela no es convicción, sino una peligrosa falta de perspectiva sobre lo que implica realmente gobernar.

Pablo Durán Rivera

Estudiante de Historia

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