En el marco de la reciente conmemoración del Día Internacional de las y los Trabajadores, el Gobierno de Chile, a través de sus canales oficiales, y el presidente José Antonio Kast, mediante un discurso realizado en el Hospital del Trabajador, emitieron un mensaje que no debe pasar desapercibido. Referirse a esta fecha como el “Día del Trabajo” puede parecer, para algunos, un detalle irrelevante. Sin embargo, no lo es. Las palabras importan, más aún cuando se trata de fechas cargadas de memoria histórica y luchas sociales.
Este cambio en la semántica no es un error inocente. Hablar del “trabajo” como foco principal, y no de las y los trabajadores, desplaza el centro de la conmemoración. No recordamos una actividad económica; conmemoramos la lucha de generaciones de obreros que enfrentaron explotación, represión y, en ocasiones, la muerte para conquistar derechos que hoy damos por sentados. El ejemplo más claro de esto son los mártires de Chicago, cuya demanda por una jornada laboral de 8 horas se convirtió en un símbolo mundial de lucha.
Esta lucha no quedó en el pasado; sigue vigente hoy, con miles de familias que reciben sueldos insuficientes, enfrentando altos costos de vida, precarización laboral y endeudamiento. Mientras tanto, la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) busca respaldo en el Congreso para avanzar hacia un aumento del sueldo mínimo, luego de fallidas negociaciones con el Gobierno. Esto nos demuestra que las demandas laborales siguen siendo urgentes y que existe una gran desconexión entre las autoridades y la realidad cotidiana de la clase trabajadora.
Las autoridades deben salir de su burbuja y comprender que esta conmemoración no puede ser tratada como una fecha protocolar cualquiera. El Día Internacional de las y los Trabajadores no existe para dar saludos vacíos ni discursos despolitizados. Existe porque hubo trabajadores que se organizaron, resistieron y pagaron con su vida los derechos que hoy tenemos que defender ante la desigualdad y el abuso.
Chile necesita que sus dirigentes reconozcan sin ambigüedades el valor de la clase obrera. No basta con discursos llenos de palabras vacías. Se requiere voluntad política real para mejorar sueldos, fortalecer derechos laborales, escuchar a las organizaciones sindicales y conectarse con las necesidades urgentes de quienes realmente sostienen al país. Porque sin trabajadores no hay economía, no hay desarrollo ni futuro posible.
Cristóbal Dinamarca
Estudiante de Periodismo





