A más de cinco décadas del golpe de Estado, los recuerdos de quienes vivieron ese día aún se transmiten entre generaciones.
Por Paz Aguilar, Antonia Arancibia, Mariel Escobar y Violeta Edwards.
Han pasado 53 años desde el 11 de septiembre de 1973. Para quienes vivieron el golpe de Estado, su recuerdo permanece en escenas transmitidas a lo largo de las generaciones: una memoria que no se encuentra solo en los libros de historia, sino también en las voces de quienes estuvieron ahí.
Hoy, los testigos del golpe son cada vez menos y conservar los relatos plantea un desafío: cómo mantener viva la memoria.
José Manuel Garcés, guardia de seguridad del campus San Joaquín, tenía doce años. El 11 de septiembre del 73 faltó al colegio porque se enteraron del golpe militar por la radio. La noticia se expandió rápidamente por la población José María Caro. El golpe sumió a los vecinos en la desesperación.
A pesar de las estrictas instrucciones de su padre, salió a la calle durante la tarde para jugar a las bolitas con sus amigos. Fue entonces cuando se encontró de frente con la gravedad del suceso: “Había gente acribillada en las calles que las tenían tapada con bolsas por encima. Era un charco de sangre que había ahí. Nosotros lo vimos como cabros chicos y arrancamos. ¿Qué va a hacer ahí un niño de doce años?”, recuerda Garcés.
Lo más duro, confiesa el guardia, fue adaptarse a esa nueva realidad. Vivir una niñez marcada por el silencio y la incertidumbre que significó sacrificar aquella libertad propia de la juventud. “Vivir con temor en tu país: eso no es vivir, es sobrevivir” asegura. José Manuel rescata la memoria como medida de tolerancia frente a la violencia: “Somos todos diferentes, todos pensamos diferente”.
El 11 de septiembre sorprendió a Patricio Serrano, profesor del Instituto de Teología, mientras cursaba sus estudios de Filosofía y Lenguas Clásicas en la Universidad de Chile. Ese día llegó temprano a clases con la certeza y tranquilidad de la rutina. Sin embargo, se rompió de golpe: “La secretaria de departamento me dice: ‘Patricio, se tomaron La Moneda los militares’. Yo estaba ajeno al mundo”.
Al salir, se encontró con el edificio rodeado por efectivos militares que habían llegado con la intención de verificar si los rumores sobre armamento escondido en el sótano del ex pedagógico eran reales. Serrano, junto a otros estudiantes, fue escoltado y obligado a caminar en silencio en dirección al Parque Forestal. “Vi una cantidad de militares que estaban apuntando hacia La Moneda, con jeep y todo. Estaba todo paralizado”, recuerda.
Fue en ese trayecto, bajo el sonido de balazos y ametralladoras, que la contienda pareció alcanzarlo. “De repente, el hombre que iba al lado mío cayó al suelo, le había llegado una bala loca”, señala el profesor.
William Porath, profesor de la Facultad de Comunicaciones, tenía 13 años recién cumplidos cuando vivió el golpe de Estado, en Temuco. “De repente, dijeron: ‘El bando número cinco de la Junta de Gobierno’, y pensé: ‘Chuta, si ya van en el cinco, parece que esto va en serio’. Ahí me levanté a escuchar las noticias. Mi familia era opositora al gobierno de Allende, así que nosotros estábamos un poco como: ‘¿Qué irá a pasar?’. No estábamos ni entusiasmados ni salimos a celebrar; estábamos mirando, distante, a ver cómo se viene”, recuerda Porath.
Esa noche se reunió con los sacerdotes de su parroquia, que eran antropólogos y sociólogos canadienses. “Ellos nos dijeron: ‘Ustedes no saben lo que viene. Chile nunca ha vivido esto y ustedes van a ver que esto no es lo que creen. Esto no va a ser un restablecimiento de la democracia, ni una vuelta al orden. Esto va a ser terrible. Ustedes no saben lo que viene’. Y así fue”, declara el profesor.
Con el paso de los años, esa experiencia quedó marcada por lo que tuvo que presenciar durante su adolescencia: “Yo sabía lo que estaba pasando y era terrible esta sensación de impotencia total. Hasta el año 83, cuando empezaron las protestas, fueron 10 años muy duros y que, además, coincidieron con una época en que uno debía ser más feliz, que es la adolescencia. Era un sentimiento doble”.
Rosa Yáñez, instructora adjunta de Teología UC, tenía seis años y cursaba primero básico cuando fue el Golpe de Estado. Ese día se preparaban para celebrar el Día del Profesor cuando los carabineros anunciaron: “No se puede salir, hay golpe de Estado y toque de queda, nadie sale de la casa”.
Su bisabuela, que había vivido el golpe de Estado de Carlos Ibáñez del Campo, fue quien primero desconfió de las noticias. Cuando en la radio comenzaron a transmitir marchas militares, comprendió que la situación era distinta a lo que había pensado. “No es verdad, el presidente está en La Moneda”, dijo en un inicio. Después, al escuchar la radio, entendió que el presidente Salvador Allende Gossens había muerto.
En su casa convivieron entonces distintas reacciones. El recuerdo que su bisabuela tenía del golpe de Ibáñez despertaba preocupación por lo que podían hacer los militares, mientras otros familiares sentían alivio ante la posibilidad de que terminara el desabastecimiento que habían vivido. Entre ambas preocupaciones, Yañez recuerda el ambiente de esos primeros momentos: “Había entre tranquilidad y preocupación por lo que iba a pasar”.
Gladys Montecinos, encargada de la tienda de materiales de Campus Oriente, tenía 8 años cuando ocurrió el golpe. Recuerda que, junto a una de sus cinco hermanos, iba a hacer fila al negocio para ver si alcanzaban pollo o carne: “Estábamos toda la mañana esperando si alcanzábamos o no algo de comer”. Dice que había veces que llegaban sin nada.
Montecinos vivía en la comuna de San Joaquín, en La Victoria, y cada vez que escucha balazos debía agacharse. “Pasábamos en cuclillas. Éramos muy chicos y mi papi nos cuidaba”. Agrega que, como su papá era carabinero, “no sabíamos si iba a estar vivo o muerto”.
Patricio Bernedo, profesor del Instituto de Historia y director del Centro UC para el Diálogo y la Paz, señala que uno de los desafíos actuales está en cómo transmitir la memoria del golpe a quienes no lo vivieron. Con el paso del tiempo, los testigos directos son cada vez menos y las nuevas generaciones se relacionan con ese acontecimiento desde una mayor distancia.
Frente a esto, Bernedo plantea la necesidad de encontrar nuevas formas de acercar ese pasado a las generaciones más jóvenes. “Yo creo que tenemos que ser muy innovadores en esta materia”, señala. Propone, además, abrir espacios de conversación intergeneracional en colegios, universidades y organizaciones sociales, donde también se puede escuchar qué formas de recordar realmente interpelan a los jóvenes.
Para el historiador, mantener viva esta memoria no significa únicamente conservar los testimonios de quienes estuvieron allí, sino también preguntarse qué sentido tienen hoy esos relatos. “Tenemos que cuidar la democracia. Tenemos que cuidar las maneras en que nos tratamos individualmente y también socialmente”. Según Bernedo, de esta manera la memoria del 11 de septiembre no solo permite reconstruir lo ocurrido, sino también transmitir aprendizajes a quienes no vivieron ese momento.






