Antes de comenzar quiero aclarar que condeno la violencia como método de actuar político. Creo que es inaceptable que ataquemos a ciertas personas sólo por pensar distinto, condeno la violencia que sufrieron los “manifestantes” del Movimiento Gremial y de Solidaridad.
Quiero comenzar utilizando las palabras de Borja Yáñez: “Quien celebra el abuso ajeno corre el riesgo de sufrir el mismo abuso en su contra”. Y es que llevamos años viendo cómo el Movimiento Gremial demoniza las marchas, las tacha de violentas, hipócritas, etc.
Y quizás aquí está el problema: no les importa. No les importa la represión de Carabineros sobre los estudiantes. No les importan los avances que distintas movilizaciones han conseguido para este país y, particularmente, para nuestra educación. No les importa porque, desde sus privilegios, las marchas pueden parecer algo lejano, incómodo o incluso innecesario. No necesitan marchar para defender una educación que sienten que ya les pertenece. Y como no les afecta, pues no les importa.
He visto varios números, pero me voy a quedar con los utilizados por la Confech: 20.000 personas salieron a la calle para marchar en contra de los posibles recortes en el área de educación. Pero, nuevamente, no les importa. ¿Por qué debería importarles? Si el presidente fue gremialista, si buena parte de quienes hoy ocupan espacios de poder provienen de ese mismo mundo político y si su propia tradición universitaria ha sido históricamente crítica de la movilización estudiantil, ¿por qué deberían compartir las preocupaciones de quienes marchan?
Pero entonces ocurrió algo distinto. La violencia llegó hasta ellos.
Y de pronto sí importó.
Y debe importar. Por supuesto que debe importar. La violencia contra estudiantes del Movimiento Gremial y de Solidaridad debe ser condenada sin matices. No existe justificación política para golpear, escupir o atacar a alguien por expresar una opinión distinta.
Pero si hoy reconocemos que esa violencia es inaceptable porque la sufrieron nuestros compañeros, también deberíamos ser capaces de reconocerla cuando la sufren otros. Si queremos que nuestras ideas sean respetadas, debemos aceptar que quienes piensan distinto también tienen derecho a expresarlas. Y si queremos condenar la violencia, debemos hacerlo siempre, no solamente cuando la víctima pertenece a nuestro grupo.
Una marcha de miles de estudiantes no se vuelve ilegítima porque algunas personas hayan cometido actos de violencia. Del mismo modo, la violencia cometida durante una manifestación no debería utilizarse para convertir a todos sus participantes en violentistas.
Quizás este debería ser el verdadero debate dentro de la UC: no quién tiene el monopolio de la violencia, ni quién puede presentarse como víctima, sino por qué somos capaces de condenarla con tanta fuerza cuando nos afecta directamente, pero tan fácilmente la ignoramos cuando le ocurre al otro. Porque ahora que les pasó a ellos, ahora sí importa.
Condeno la violencia en contra de mis compañeros y compañeras gremialistas y solidarios, pero también condeno la violencia y la represión de Carabineros contra los estudiantes, condeno la violencia estatal en contra de los manifestantes y condeno la histórica violencia en contra de los que menos tienen.
Espero que esto les sirva a los menos entendidos, y recuerden “quien celebra el abuso ajeno corre el riesgo de sufrir el mismo abuso en su contra”.
Pablo Durán Rivera
Estudiante de Historia
Parte de los estudiantes a quienes sí les importa






