La UC históricamente ha jugado un papel protagónico en la política chilena. Ha sido la cuna de innumerables personalidades que, en mayor o menor medida, cambiaron el rumbo del país. Por esto mismo, debemos tener especial atención al foco con el que nuestros actuales dirigentes estudiantiles ven la forma de hacer política, ya que serán, en algún momento, los que quizá ocupen puestos relevantes en la política nacional.
Muchos saben el tremendo apalancamiento que generan los puestos en las directivas de Federación, de Centros de Alumnos y la participación activa en movimientos universitarios, lo que induce a muchos a adentrarse en esta carrera. Otros, motivados por sus consignas políticas, conquistan poco a poco los espacios de representación para hacer de ellos el cauce de sus convicciones, donde buscan encarnar allí su propia concepción de la universidad y, en ocasiones, de la sociedad misma. El problema viene cuando aquellos que encabezan la política universitaria olvidan ponerse al servicio de los alumnos y la reducen a un mero juego de poder, haciendo que se pierda el foco de para lo que realmente sirve.
Por definición, las instituciones estudiantiles están hechas por y para los estudiantes, por lo que debería ser la única, o al menos la principal prioridad de aquel que participa en política universitaria. Lo que, en palabras simples, significa trabajar para que los alumnos tengan la mejor experiencia, calidad y proyección en su paso por la universidad.
Por desgracia, la FEUC y centros de alumnos se han transformado en un fin camuflado de medio, donde las agrupaciones políticas de la universidad, en lugar de acercarse y conocer la realidad de los alumnos con el propósito de estar presente, han preferido centrar sus esfuerzos en competir y anularse mutuamente. Esto convirtió que su principal motivación sea llegar al poder y cumplir sus ambiciones, lo que año tras año ha desencadenado, por lástima, en una degradación de la representatividad y, por consecuencia, desincentiva la participación estudiantil.
Los alumnos no son ingenuos y no toleran ser reducidos a un botín electoral que solo importa cuando se van a abrir las urnas.
Los buenos dirigentes son aquellos que ponen su tiempo y energía en pos de servir al compañero de al lado. Son aquellos que entienden que el foco no es la posición de su movimiento en la tabla electoral, sino el por qué están en esa posición. Nunca debemos olvidar que los electores son personas y, para que voten por ti, deben percibirte como la mejor opción. Naturalmente, para que eso ocurra, necesitan conocerte y, para que te conozcan, el primer paso es que tú quieras, de manera genuina, conocerlos a ellos. Aquellos que entiendan esto, reinarán, ya que la FEUC y los Centros de Estudiantes deben ser la consecuencia del trabajo bien hecho. Las personas no te elegirán por dos semanas de campaña, sino por el trabajo continuo, sincero y cercano.
Mientras primen los intereses y los juegos de poder, en vez de una real vocación de servicio, la política universitaria seguirá en decadencia. Cuando vale más una cuña en el diario, en la radio o un reel, antes que una actividad o iniciativa en los patios y facultades, o cuando reducimos a nuestros compañeros a números y nos dirigimos a ellos con un mero fin utilitario, debemos empezar a preocuparnos, porque el foco se ha perdido.
Antes que un voto, hay un estudiante. Antes que una consigna política, debe haber una real intención de cambiar realidades.
La autenticidad marca la diferencia.
Tomás Sastre.
Estudiante de College Ciencias Sociales.






