Hay decisiones políticas que no solo tienen impacto inmediato, sino que revelan la altura de miras de un país. La negativa del presidente José Antonio Kast por respaldar la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la Organización de las Naciones Unidas es una de ellas. No se trata simplemente de una diferencia ideológica, es un gesto que tensiona la relación entre política interna y proyección internacional.
Bachelet no es una figura menor. Dos veces presidenta de la república, directora de ONU Mujeres y alta comisionada de Derechos Humanos. Su experiencia la convierte en una candidata competitiva en una elección donde América Latina aparece como región “de turno” para liderar el organismo. A pesar de que el gobierno de Chile le retiró el respaldo oficial, mantiene apoyos de países relevantes como Brasil y México, lo que evidencia una dicotomía incómoda. El mundo parece valorar más a Bachelet que su propio país.
El argumento del gobierno de Kast se basa en la supuesta falta de viabilidad, pero esto no resiste un análisis profundo. Más bien, parece alinearse con una lógica donde el adversario interno no puede convertirse en carta internacional. Aquí es donde el discurso del “republicanismo” de Kast se desmorona. Si el ideario republicano se basa en la primacía del interés nacional por sobre intereses particulares: ¿cómo se explica que Chile renuncie a impulsar a una de sus figuras más reconocidas a nivel mundial? La respuesta es evidente; se privilegia la coherencia ideológica interna por sobre una oportunidad histórica de liderazgo internacional. Pese a ser mayoría nacional, el Partido Republicano por sí mismo sigue siendo un partido chico, y requiere el apoyo de la bancada de derecha.
Mientras tanto, el candidato argentino, Rafael Grossi, no ha dudado en hacer notoria esta debilidad. Sus declaraciones apuntan directamente al vacío dejado por Chile. Cuestionó que Bachelet compita “bajo la bandera de otro país”, marcando implícitamente la falta de respaldo de su propio gobierno. Además de evidenciar que el propio Javier Milei, quien constantemente critica a la ONU, sí le dio su apoyo. En diplomacia, estos gestos importan, y mucho, porque la política exterior también se construye sobre señales de cohesión interna.
Quizás lo más revelador de este episodio es su dimensión simbólica. La historia chilena tristemente se repite. Gabriela Mistral fue reconocida internacionalmente antes de recibir el Premio Nacional de Literatura, ganó el Nobel en 1945 y seis años después se le reconoció en nuestro país. Hoy con Bachelet parece repetirse el patrón y no es casualidad. Chile ha tenido históricamente una relación ambigua con sus figuras más destacadas: las celebra cuando el mundo las condecora, pero duda cuando debe impulsarlas. Es una mezcla de mezquindad y falta de visión estratégica.
En política internacional, como en la vida, hay momentos que definen carácter. Este era uno de ellos y Kast optó por mirarse el ombligo.
José Cifuentes
Estudiante de Periodismo






