“Nadie puede arrodillarse ante Dios y despreciar al hermano”

El día de ayer, desde las Consejerías Territoriales de la NAU publicamos un reel donde manifestamos nuestra inconformidad con el retiro de la bandera LGBTQ+ que habíamos instalado en Ingeniería y con la respuesta negativa que recibimos en el Campus San Joaquín y en Casa Central cuando solicitamos autorización para realizar intervenciones similares.

La publicación generó una gran cantidad de reacciones. Entre ellas, comentarios abiertamente homofóbicos que, por fe en nuestra comunidad universitaria, espero que todxs seamos capaces de condenar. Sin embargo, esta columna no busca responder a esos mensajes de odio. Más bien, quisiera detenerme en otro tipo de comentarios; en aquellos que sostenían que era razonable impedir este tipo de manifestaciones, porque los espacios institucionales deben reflejar la identidad católica y la visión moral de la universidad. En definitiva, retirar la bandera sería una forma de ser coherentes con los principios que sustentan el carácter pontificio de nuestra universidad.

Ante estos planteamientos, vale la pena hacer una reflexión: no podemos justificar el retiro de símbolos de inclusión únicamente por el carácter pontificio de la universidad. Basta observar el caso de la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde este tipo de intervenciones sí tienen cabida. Esto nos sirve para entender que la identidad católica y la visibilización de estudiantes LGBTQ+ no son incompatibles.

Si bien sería ideal que la institución adhiriera explícitamente a la causa que algunos comentarios criticaban por intentar imponerse, lo que aquí se plantea es algo mucho más acotado: permitir que estudiantes visibilicen a una parte de la comunidad universitaria en espacios que también les pertenecen. Eso no implica que la universidad adopte una postura institucional determinada sobre el tema.

Cabe mencionar que, todavía, hablar de “postura”, cuando nos referimos a orientación sexual o identidad de género, resulta problemático, porque sitúa estas realidades en el terreno de la controversia o de la opinión, cuando para muchas personas es una forma de ser, de amar y de habitar el mundo.

En ese sentido, y aunque no soy una persona muy practicante, me atrevo a decir que los principios cristianos tienen en su centro la acogida al prójimo, especialmente cuando este se encuentra excluido, desamparado o herido. Desde esa perspectiva, generar espacios donde quienes históricamente han enfrentado discriminación puedan sentirse vistos, reconocidos y acogidos parece mucho más coherente con esos valores que impedirlo.

La segunda Preferencia Apostólica Universal de la Compañía de Jesús nos invita precisamente a caminar junto a los excluidos, y el Papa Francisco, en numerosas ocasiones, nos llamó a adoptar el “estilo de Dios”; a acercarnos a las personas heridas, encontrarnos con ellas y resistir el impulso de alejarnos o mirar hacia otro lado.

La oración para aprender a amar, atribuida a Madre Teresa de Calcuta (y mi favorita) expresa esta idea con una sencillez conmovedora: “Cuando sufra, dame alguien que necesita consuelo; cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro; cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado; cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos; cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien; cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos; cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión; cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender; cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona”.

Creo que ese llamado a salir de uno mismo para acompañar, comprender y acoger a los demás difícilmente puede ser incompatible con permitir que estudiantes LGBTQ+ se sientan reconocidos como parte de la comunidad universitaria. Más allá de las diferencias legítimas que podamos tener sobre diversos temas, una universidad católica debería ser capaz de preguntarse si la inclusión, la acogida y la dignidad de las personas constituyen una amenaza para su identidad o, por el contrario, una de sus expresiones más profundas. Como dice el Papa Leon XIV: “Nadie puede arrodillarse ante Dios y despreciar al hermano” .

Amanda Gil Saragoni

Consejera territorial de Medicina por la NAU!

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