A sus 87 años, el teólogo viaja todas las semanas desde Talcahuano a Santiago para seguir dictando clases. Con más de medio siglo de trayectoria en la institución, repasa su acontecida historia vital, reflexiona sobre su trayectoria académica y advierte sobre los peligros de interpretar el libro sagrado del catolicismo de forma literal.
Entrevista por Javiera Cabezas.
Antonio Bentué tiene 30 años y avanza en la oscuridad mientras persigue la pasión de su vida: la teología. Atrás han quedado los 15 días de travesía en barco para cruzar el océano Atlántico desde Barcelona hasta Buenos Aires, y la inmensidad plana de la pampa argentina. Ahora, a bordo de un tren lento y casero, se abre paso a través de la cordillera de los Andes rumbo a San Felipe, Chile. El tramo transcurre de noche, pero la emoción lo mantiene en vilo: pasar por debajo del Aconcagua es un sueño para él. Luego de pasar por el aire gélido andino, a la una de la madrugada llega a San Felipe.
“Es un viaje que recuerdo con mucho cariño. Una entrada muy rara en Chile”.
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“A mí me encantaba la cordillera. A mis 10 años mi deporte favorito era escalar montañas”, recuerda hoy, sentado en el escritorio de su oficina en la Universidad Católica, tras 54 años de trayectoria en la institución.
Su objetivo original era instalarse en el país para terminar su tesis doctoral; pero al llegar, un amigo sacerdote le presentó al entonces decano de la Facultad de Teología de la UC, Juan Ochagavía.
Su aventura vital, sin embargo, había comenzado mucho antes. Antonio Bentué nació en 1939, en Huesca, al norte de España. Plena Guerra Civil. “Yo siempre digo que nací entre bombas”, dice mientras recuerda la precariedad y el hambre que marcaron sus años de niñez.
Tiempo después, mientras estudiaba Filosofía en Barcelona, las preguntas existenciales lo llevaron a decantarse por dedicar su vida a la teología. Egresó de la Universidad de Estrasburgo en Francia en 1969.
Hoy, a sus 87 años, el profesor más longevo de la Universidad Católica mantiene una vitalidad que sorprende. Radicado en Talcahuano, cada martes se levanta a las seis de la madrugada para tomar un avión hacia Santiago, donde imparte los ramos “¿Está Dios en el escenario humano?” y “Religiones y Cristianismo”.
—Sobre los viajes semanales desde el sur, ¿no le complica en términos de energía?
—Mientras puedo, lo hago. Los alumnos me tratan bien, yo me siento bien y aguanto. Ya llevo diez años viajando todas las semanas. Algún día tendré una señal de que “hasta aquí llegas nomás”. Yo cumplí 87 ahora en mayo.
El académico aprovecha sus viajes para nutrir su vida familiar: “Tengo cuatro hijos, así que cada martes aprovecho de quedarme con uno diferente. Así, en un mes, ya los visité a todos”, dice. Los miércoles por la tarde emprende el regreso a Talcahuano en un viaje en bus de más de seis horas.
—A propósito de eso, usted tiene 87 años y sigue haciendo clases. ¿Ha pensado en qué momento dejar las aulas?
—O sea, desde los 70 lo pude haber dejado. Pero me dieron un estatuto especialmente para mí que me permite ser profesor titular honorario, ya que legalmente no debería tener cursos propios. Cada año me contratan de marzo a diciembre. Si no hay signos de que yo molesto, entonces seguiré. Yo miro a corto plazo. Dios dirá lo que pasará. Ya tengo planificado el curso para el segundo semestre. ¿Qué pasará el próximo año? No lo sé.
—¿Cómo era la universidad que lo recibió en los 70?
—La Facultad de Teología estaba en el tercer piso de la Casa Central. En el sótano había una biblioteca de Teología. No había ni Comunicaciones ni Derecho. Solo Teología y la dirección de la universidad.
Bentué recuerda las fechas con precisión. Cada momento de su vida lo repasa con mes y año. En noviembre de 1972 regresó a la Universidad de Estrasburgo para defender su tesis doctoral, junto a su esposa y guagua recién nacida.
Al obtener el grado, la UC le ofreció un contrato permanente, lo que lo ancló definitivamente al país. Aunque también tuvo estancias académicas en Israel (1976) y fue profesor en Cataluña entre 1987 y 2015 haciendo clases en catalán —periodo en el que pasaba sus veranos chilenos realizando clases en Europa—, su hogar ya estaba al otro lado del mundo.
—Pero me quedé con el acento sin querer.
—Usted lleva muchos años aquí en Chile, pero su acento sigue siendo totalmente español…
—Sí, yo creo que sí. Pero yo hablo a la chilena. Yo no me noto a mí mismo que hable diferente al resto. Y además, soy más chileno que la mayoría de la gente —ríe de sí mismo—. Tengo más de 50 años en Chile.
—Y además del español, ¿qué otros idiomas sabe hablar?
—Yo soy bilingüe de nacimiento, porque hablo español y catalán. Y tengo algunos artículos en francés. También hablo en inglés. Hablé alemán un tiempo, pero ya lo olvidé.
—Lleva 54 años trabajando en la UC. ¿Qué ha significado esta institución en su historia de vida?
—Ha sido mi vida. Toda mi vida ha sido esto, aparte de los servicios que tengo hacia afuera. ¡Incluso tengo un canal de YouTube! —comenta con una carcajada—. Lo mantengo activo desde el Covid (…) Tengo un hijo que es diseñador gráfico, que fue el que me dio la idea. Cada semana me graba mi señora en mi casa. Luego le mando el video por Drive a mi hijo y él lo sube.
Bentué se toma un momento para repasar algunas obras que han inspirado las actuaciones del teológico que imparte. Las tentaciones de Job y Gilgamesh el hombre ante la muerte son algunos de los títulos que hojea y resguarda con especial cuidado en su oficina. “Tomé estas versiones de mitos e hice una reelaboración en forma de teatro modernizado”, señala con orgullo.
—Usted se ha dedicado al estudio de la historia de las religiones frente al cristianismo. ¿Cómo ha visto cambiar la relación de la sociedad chilena y sobre todo de los universitarios con la fe?
—Recuerdo lo que dice aquel uruguayo, de que en la teología tenemos listas todas las respuestas, pero ahora nos han cambiado las preguntas. La teología parece ofrecer verdades ya dadas, pero que no conectan con la realidad de hoy. Por eso me interesó la Teología Fundamental. Con los avances de la ciencia y la IA, que responden a los elementos observables, la idea de Dios como una “causa natural” de las cosas ha muerto, tal como planteaba Nietzsche.
—¿Eso lo ve como algo positivo o negativo?
—Es una realidad. Ahora, ¿cómo enfrentarlo? Para algunos, esto hace que no sea razonable creer en Dios. Sin embargo, para mí, la principal interrogante de la existencia humana no es la pregunta por las causas, sino la pregunta sobre la consciencia: plantearse un porqué de sentido.
—¿Y de la IA qué opina?
—La IA es una inteligencia ampliada que informa, con un gran riesgo de manipulación por parte de quienes la manejan. Puede explicar muchas cosas sobre las causas, pero no sobre el sentido. Es lo que pasa con la pregunta sobre Dios (…) Eso mismo ha marcado mis relecturas de la Biblia que, además, contiene barbaridades también, ¿no? Es premoderna total, digamos. Hay machismo y cosas de esa época que hoy han entrado en crisis radical.
—Ni la universidad ni ninguna disciplina usa la Biblia para informar. Puedes ser un pajarón total si la tomas como criterio informativo. La Biblia no está para informar, sino para transformar: ofrecer un sentido sobre la existencia. ¿La IA ayudará a que tenga más sentido la existencia, o gracias a ella tendremos bombas atómicas más solemnes? La inteligencia tiene un tremendo problema, que es el poder. Una inteligencia sin conciencia es para peor, no para mejor.
A medida que avanza la entrevista, el tono se vuelve más introspectivo. La conversación se desvía hacia la muerte.
—¿Usted le tiene miedo a la muerte?
—No, no, no… Yo tengo esperanza. Mejor morir en la cama que morir atropellado (…) Yo creo y espero que la muerte no sea la última palabra. No puede serlo: sería demasiado absurdo que no exista nada después de ella.
—Algunos estudiantes se refieren a usted como una “eminencia” o un “sabio”. ¿Usted se considera así?
—Jajaja, no. Yo soy bien simple. Todo depende de cómo te juzguen desde fuera. Sí reconozco que he tenido suerte en la llegada a los estudiantes. Lo que hago me gusta, me interpreta y soy un apasionado de estas búsquedas. Cuando veo que esa pasión llega a otros, digo: “Bienvenido sea”.
—Si tuviera que resumir en una sola idea lo que ha intentado transmitir a sus alumnos durante estos 54 años, ¿cuál sería?
—La capacidad de replantear a Dios, dejando atrás al Dios “causa” para abrazar a un Dios fundamental de sentido. Ponerlo en diálogo con la modernidad y la ciencia actual. No se trata de pelear para ver quién tiene la razón, si la Biblia o Galileo. Esa batalla ya está perdida: tenía razón Galileo.
—Cuando usamos a Dios para intereses egoístas, vemos cosas bárbaras. La razón que dan grupos ultraortodoxos, con Netanyahu, para aniquilar a todos los palestinos es la misma razón por la que Josué, “por orden de Dios”, mató a los cananeos. Eso es usar la Biblia de forma contradictoria a su propio núcleo.
—Para finalizar, ¿cómo le gustaría que la comunidad universitaria recuerde al profesor Antonio Bentué?
—Que pasó, ojalá, haciendo el bien hasta que desapareció —concluye riendo—.
Bonus track — PUClicuestionario
—¿Baño favorito?
—El del tercer piso de la Facultad de Teología porque es el más útil para mí; está al lado mío.
—¿Lugar favorito del campus?
—Me gusta mucho el paseo de entrada. A veces me siento cuando salgo para ver la puesta del sol.
—¿Colega favorito?
—He tenido varios. Los principales han fallecido, pero aún mantengo colegas: Samuel Fernández, Federico Aguirre…
—Cosa que quiere hacer antes de dejar la UC.
—Mi idea es completar el semestre, el segundo que viene ahora o el siguiente.
—Consejo para los jóvenes.
—Que tengan esperanza y vayan más allá de las expectativas.
—Si fuera rector de la UC, ¿cuál sería su primera medida?
—Es un tema más teológico, pero intentaría repensar a fondo el concepto de catolicidad, que sea auténtico. El catolicismo significa “universal”, romper fronteras.
—Invente un cargo o área que debería existir en la UC.
—Que ojalá la Pastoral fuera más vinculada a la teología.






