Nuestra distopía de la indiferencia 

Ser joven hoy se ha convertido en una paradoja inquietante. Por definición, la juventud es una  etapa de descubrimiento, construcción de identidad y, sobre todo, de cuestionamiento. Se supone  que es el momento en que la inconformidad debería transformarse en motivación y la esperanza en un motor de cambio. Sin embargo, es fácil darnos cuenta de que nos enfrentamos a una realidad sombría gobernada por la desafección política, ese fenómeno de falta de estima, mala voluntad e indiferencia hacia lo público que está anestesiando nuestra capacidad de actuar. 

La cantidad de jóvenes que hoy declaran no estar para nada interesados en política pasan a ser, más  que cifras de un estudio, un grito de alerta que no podemos ignorar. Esta desconexión sobre la que he decidido hablar no es gratuita, sino que nace de una percepción arraigada de que nuestras acciones no tienen impacto en las decisiones públicas. Nos hemos convertido en lo que los académicos llaman “desilusionados retraídos”, o sea, personas que ante el descontento con el sistema, optan por la nula participación. Pero llegó la hora de que entendamos que esta pasividad no es inofensiva, sino que es el cimiento sobre el cual se construyen los escenarios más terribles  de nuestro futuro. 

Si miramos las grandes advertencias de la literatura, me temo que nuestra realidad empieza a  parecerse peligrosamente a las ficciones de Orwell, Huxley y Bradbury. En 1984, el control totalitario se alimentaba de una población pasiva e inconsciente que no se revelaba por falta de conciencia. En Un mundo feliz, se nos advertía sobre una felicidad que funciona como una  anestesia superficial para evitar que cuestionemos lo establecido. En Fahrenheit 451, Bradbury nos recordaba que la censura no siempre es impuesta, sino que a veces es elegida por ciudadanos  que renuncian al pensamiento crítico y al debate público. Nuestra indiferencia es el combustible  de estas distopías y al ceder nuestro espacio de participación que nos merecemos por apatía o desilusión, permitimos que la democracia se debilite desde adentro. 

Es hora de recuperar el orgullo de nuestra voz y entender que la política no es ese juego ridículo  de mentiras que vemos en los medios de comunicación, porque eso no es política. Cuando digo que amo hablar de política y que me apasiona la participación me refiero al espacio real donde se defiende la libertad, la igualdad y la justicia social. Es el deber del estudiante que pertenece a ese colectivo joven dar paso a su propia revolución que no tiene por qué ser violenta, porque la verdadera revolución hoy es ir contracorriente de la cultura de lo provisional y el  entretenimiento vacío. Esto se trata de militar en nuestras convicciones, de dialogar, de discutir y de tener la valentía de llevar la contraria a un sistema que nos quiere amoldados y silenciosos. 

Cada día elijo creer que el cambio transformador que permea a cada dimensión de nuestra sociedad es posible y comienza con las acciones más mínimas: desde el aula, desde el barrio o desde la vigilancia constante de quienes poseen el poder. Debemos creer en la política como una herramienta de transformación social, no como un espectáculo ajeno. Recordemos que callarse no es neutralidad, es complicidad: si no reaccionamos a tiempo, corremos el riesgo de que nuestra propia historia se convierta en una distopía permanente escrita por la mano de nuestra propia desidia. Jóvenes, atrevámonos a despertar, a participar y a construir, porque cuando la juventud  abraza su cualidad transformadora, deja de soñar con un mundo mejor y empieza, finalmente, a edificarlo.

Valentina Escobar Fuentes
Estudiante de Psicología

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