Hace cinco años llegamos a la Facultad de Educación con el corazón convencido de que algún día podríamos transformar el mundo a través de la educación. Hoy, a pocos meses de egresar, aún creemos en ese sueño. La academia nos entregó las herramientas para hacerlo, pero, al mismo tiempo, en el camino se pareciera haber olvidado algo esencial: cuidar a quienes se les ha enseñado cómo cuidar.
Con jornadas que de lunes a viernes comienzan a las 08.00 en los colegios y se extienden hasta las 18.40 en la universidad, entre extensos traslados, responsabilidades tanto universitarias como de índole personal, y un sin fin de planificaciones, el corazón se mantiene esperanzado por crear experiencias significativas para las infancias o de generar proyectos con socios comunitarios, porque ahí se encuentra nuestra vocación.
Recuerdo que una vez una docente nos comentó que alzábamos muy poco la voz frente al descontento. Hoy esas palabras pesan más que nunca, porque, a cinco años de haber comenzado este camino, uno se da cuenta de que la mochila está mucho más pesada.
Frente a la reciente catástrofe provocada por el aluvión, donde la Universidad declaró que, por el bien de la comunidad, las clases se realizarán de forma online y en la que las instituciones oficiales del Estado declararon comunas de la región en alerta roja, a los y las estudiantes en práctica se les solicitó que se presentaran con regularidad en los centros de práctica y que él o la compañera que se encontrara en el epicentro de la catástrofe debía desplazarse entre comunas para «cumplir» y, en caso de no poder, tendría que encontrar un espacio inexistente en su agenda para recuperar las horas de práctica. Todo esto solo porque nosotros tenemos un compromiso con las infancias.
Y entonces me pregunto: ¿en qué momento nuestro compromiso con la educación comenzó a estar por encima de nuestro propio bienestar? ¿Cómo podemos enseñar empatía y comprensión, si esos mismos valores parecen olvidarse cuando se trata de nosotras y nosotros?
Nuestro compromiso con las infancias sigue intacto, pero no queremos que nos enseñen a tolerar la deshumanización para luego, en las aulas, enseñar humanidad.
Quizás la transformación con la que tanto soñamos no comienza en las salas de clases, sino en la academia, porque no se puede enseñar a construir un mundo más digno si antes no aprendemos a cuidar la dignidad de quienes educan.
Sofia Clavijo Donoso
Estudiante en quinto año de Pedagogía en Educación General Básica





