La candidata a la presidencia de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica (FEUC) por el Movimiento Gremial (MG), Trinidad Peters, cuestionó en Radio Agricultura la influencia de la izquierda en la política universitaria. “Ellos vienen a paralizar la calle y nosotros estamos trabajando en los patios”, afirmó. La frase apunta a una diferencia metodológica: unos protestan, otros conversan con estudiantes. Pero detrás hay una idea más profunda y, a mi juicio, problemática: existe una forma de hacer política universitaria propiamente estudiantil y otra contaminada por la ideología.
No tengo problema con que el MG defienda sus ideas; debería hacerlo con más convicción. Lo que me parece equivocado es que construya una superioridad moral a partir de la idea de que ellos “trabajan en los patios” mientras otros simplemente van a “marchas”. Porque trabajar en los patios también es hacer política. Y también lo es marchar: ejerce presión sobre el poder, obligando a las autoridades a reaccionar; define la agenda pública, visibilizando problemas que el Estado suele ignorar; y es, ante todo, un derecho democrático para influir en las decisiones sin pertenecer a un partido.
Rechazar la ideología también es una posición ideológica. La candidata opone una agenda partidista a quienes solo resolverían problemas concretos, pero ¿quién decide cuáles son esos problemas? Esa pregunta ya es política.
El propio MG nació como una corriente de pensamiento con una concepción propia de la universidad: tiene una tradición política que no debería temer reconocer. Una derecha que cree en la persona y la libertad, pero también en la solidaridad y el bien común, no necesita disfrazarse de neutralidad. Aquí está mi diferencia: no creo que la política se reduzca a gestión, sino que incluya comunidad y responsabilidad con quienes tienen menos oportunidades. No como concesión a la izquierda, sino como convicción propia.
Por eso no me convence que baste con “estar en los patios” para hacer una política más legítima. Se puede estar en los patios, marchar, organizar una asamblea o conversar con un estudiante, y en todos los casos hacer política. La diferencia no está en si se hace política, sino en qué política se quiere hacer y qué principios la inspiran.
Eso permite una crítica legítima a la izquierda universitaria sin caer en la falsa neutralidad: es razonable cuestionar que las organizaciones estudiantiles sean plataformas de partidos, o que ciertas movilizaciones perjudiquen a los propios estudiantes. Pero ninguna de esas críticas requiere decir que nosotros hacemos política y ellos no. Porque ellos hacen política, y nosotros también.
El problema comienza cuando esa diferencia se vuelve una división moral: ellos, los ideologizados que paralizan; nosotros, los que trabajan y resuelven. La realidad es más compleja: ni los de izquierda son solo militantes disfrazados, ni los de derecha solo gestores neutrales. Reconocerlo no debilita el debate; lo hace más honesto.
Por eso el MG debería abandonar la falsa neutralidad. No acercándose a la izquierda ni renunciando a sus principios, sino defendiendo sus ideas como ideas. Explicando por qué su forma de entender la universidad es mejor, en vez de decir que es “menos político” que los demás.
Eso requiere política capaz de escuchar y disputar ideas, de trabajar en los patios y participar del debate público, de criticar la movilización sin convertir toda movilización en amenaza.
Si el MG quiere volver a conducir la FEUC, quizás el problema no sea hacer demasiada política, sino intentar hacerla negando que la hace. El MG no debería tenerle miedo a la política. Debería tenerle miedo a quedarse sin una.
Diego Montenegro Urrutia
Estudiante de Periodismo




