La siguiente columna aborda temas relacionados con el suicidio, los cuales podrían afectar la sensibilidad de algunos lectores. Se recomienda discreción.
Llama al *4141 para enfrentar una crisis de salud mental o de riesgo suicida. Funciona las 24 horas, los 7 días se la semana, llamando desde cualquier celular. Si requieres atención clínica especializada, puedes revisar la información de Salud Mental UC Christus, o llamar al 22 676 7000.
“Voy a llegar tarde por su culpa”. “Qué injusto que cientos tengamos que pagar por uno”. «¿Acaso quería llamar la atención?”. “¿Qué le costaba hacerlo en otra parte?”
Estos son solo algunos de los comentarios que muchos se hacen cuando abruptamente el Metro se detiene, las luces se apagan y se anuncia que hay una “persona en la vía”. Para otros, esos largos minutos solo dan para ponerse en el lugar de la vida que se perdió y sobrepensar hasta que volvemos a nuestras rutinas.
Con la llegada de septiembre, nos es muy difícil salir de nosotros mismos: unos empiezan con las evaluaciones importantes, otros planifican las campañas del semestre y otros solo quieren que partan las Fiestas Patrias para distraerse un poco. Pero, al mismo tiempo, están quienes se debaten entre la vida y la muerte.
Empezó el periodo del año en que ocurren más suicidios, y aunque parezca contraintuitivo, no parte con la primavera. Se le llama “primavera gris”. Es un periodo que está motivado por razones naturales, como el cambio en el clima, razones académicas, como lo es la sobrecarga, y razones sociales, o como lo es la disociación emocional con el entorno.
Todos sabemos que la pandemia gatilló muchos de estos casos, pero el fenómeno no se detuvo con la vuelta a la normalidad. Si en 2024 hubo 12 pérdidas en las vías del Metro, hasta octubre de 2025 los casos del año se duplicaron a 25. A septiembre del año pasado, la Línea 1 ya acumulaba 7 de los casos totales. Desde el sindicato de trabajadores del Metro señalaron que, por cada pérdida, había entre 4 y 5 personas que se lograban contener en la misma estación. Como si no fuera suficiente, quiénes se encuentran entre los 15 y 24 años son el 41% de las personas atendidas por el programa Quédate de la Gobernación Metropolitana.
Aun así, nuestro rol durante este periodo es decisivo. Todos quienes hemos estado cerca o hemos vivido un episodio de salud mental sabemos lo importante que son las “pequeñas grandes acciones”. Mientras algunos nos tratan como la “generación de cristal”, porque confunden nuestra sensibilidad con debilidad, nosotros no nos damos cuenta de que ese es nuestro gran poder. Somos nosotros quienes a veces logramos empatizar mejor con nuestros cercanos que sus propias familias. Es así como un sincero “¿cómo estás?” puede cambiar, literalmente, la vida de una persona. Es así como promover su fe puede darle el sentido y la esperanza que esa misma persona necesita. Lo propio podrán agregar quienes lean esta columna.
Pero no hay que confundir nuestras ganas de hacer algo con las posibilidades de hacerlo. Redirigir a profesionales es lo segundo mejor que podemos hacer. Existen programas gubernamentales, como la línea telefónica *4141, con asistencia rápida y seguimiento, así como también el mismo programa Quédate. La universidad también cuenta con cobertura de atención primaria y procedimientos de flexibilización académica.
Todas estas políticas son producto de las exigencias que, con los años, se han hecho, pero no son suficientes. De poco sirve una DAE que pone más problemas que soluciones o un UC Christus que redirecciona si los casos se ponen más graves. Pero seamos autocríticos, de nada sirve nuestro desinterés por compañeros que se debaten su vida, especialmente de quienes están en la posición de hacer algo.
Al final, el primer comentario que debiésemos de hacernos es si vamos a esperar a que nos digan “persona en vía” para actuar, o vamos a adelantarnos para estar con quienes, sin decirlo, más nos necesitan.
Borja Yáñez Morales
Estudiante de Derecho





