La política del ring: 60 días de gestión y el eco de la intolerancia

Chile atraviesa un periodo de fuerte división política y social. A dos meses desde que asumió José Antonio Kast, las encuestas muestran un país fragmentado, donde incluso la aprobación cambia dependiendo del sector político desde el que se mire. Más allá de los porcentajes, lo que realmente preocupa es cómo el debate público parece haberse acostumbrado a la lógica de la confrontación permanente.

Parte de esa tensión se refleja en el estilo de conducción del gobierno: bajo la idea de avanzar con rapidez y recuperar el orden, varias decisiones se han percibido como poco abiertas a la conversación con actores que piensan distinto. Gobernar no consiste solo en ejecutar medidas eficientemente, en democracia también implica escuchar críticas y aceptar que ninguna mayoría tiene el monopolio de la verdad. Valorar el orden después de años de incertidumbre es legítimo, pero eso no se puede transformar en una excusa para reducir los espacios de diálogo.

Sin embargo, el problema no termina en el oficialismo. En parte importante de la oposición también se ha instalado una lógica donde el desacuerdo se esponde con funas, caricaturas o agresividad. El ataque al diputado Javier Olivares (PDG) en Olmué refleja un ambiente donde cada vez cuesta más aceptar la existencia legítima del otro. Y eso no comenzó ayer ni hoy, se viene acumulando desde una política que convirtió al adversario en enemigo y a las redes sociales en un espacio donde la humillación vale más que la discusión seria.

Lo preocupante es que, frente a estos hechos, suele ocurrir una de dos cosas: o se relativiza la violencia dependiendo de quién la recibe, o se exagera como si el país estuviera al borde del colapso democrático. Ninguna ayuda. Minimizar agresiones por conveniencia política normaliza el problema, pero convertir cada conflicto en señal de «fin de la democracia» alimenta el miedo y la polarización. Entre el silencio cómodo y el fatalismo permanente, el debate público pierde equilibrio.

Ahí es donde la política universitaria tiene una responsabilidad importante. Preocupa el silencio de algunas dirigencias estudiantiles cuando la violencia afecta a personas con las que no comparten ideas, tanto las universidades como el país no pueden transformarse en espacios donde se defienda la democracia solo cuando conviene políticamente. Si realmente queremos formar ciudadanos críticos, debemos ser capaces de defender el debate abierto incluso frente a opiniones incómodas, de lo contrario, se reproduce la misma intolerancia que decimos combatir.

La verdadera rebeldía hoy no está en repetir el discurso de un sector ni en celebrar cada medida del gobierno solo porque «molesta» al otro lado, está en defender principios básicos cuando resulta incómodo, defender la libertad de expresión cuando habla alguien que nos cae mal y condenar la violencia, incluso cuando afecta a alguien con quien no simpatizamos.

Y si eres de los que leyó la noticia del ataque a Olivares y sintió algo parecido a satisfacción, vale la pena detenerse a pensar qué dice eso de uno mismo. No de Olivares, cuyo historial político tiene de sobra para el debate, sino de uno, porque celebrar la violencia contra un representante electo, por muy en desacuerdo que estés con él, no es coherencia política ni rebeldía, es exactamente la misma lógica que se critica cuando la ejerce el otro lado.

Mientras sigamos aplaudiendo el golpe cuando le cae al adversario, vamos a seguir construyendo el país que decimos no querer.

Benjamín Aguilera

Estudiante de Ingeniería Comercial

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