Kast también interpela a la derecha

Para quienes creemos que el desarrollo social solo es posible mediante un estado garante de derechos humanos, las premisas que fundan el gobierno actual son, de entrada, inauditas. Sin embargo, la polarización que asfixia a nuestro país le exige a todos aquellos interesados por el bienestar nacional, sea cual sea el domicilio político, un ejercicio de pragmatismo: salir de las trincheras y debatir sobre premisas comunes. Así, una crítica efectiva a José Antonio Kast debe situarse en un terreno comprensible para un amplio espectro político, apelando incluso a quienes hoy se sienten huérfanos de una derecha con sentido de Estado.

Kast no ha dejado de dar oportunidades para ello. En sus declaraciones, no solo ataca los ideales del progresismo, sino que dinamita los pilares fundamentales que inspiraron a liderazgos de su propio sector, como el de Sebastián Piñera y compañía. Si bien la igualdad absoluta no es el norte de la derecha, el progreso económico basado en el conocimiento sí lo era.

La semana pasada, en la instancia Presidente Presente, el mandatario declaró: “A veces, 100 millones, 500 millones, son para una investigación que termina en un libro precioso, empastado en la biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno”. Esta frase no es una anécdota más que se suma a la pila de disparates como el ya célebre “todo terreno húmedo es un humedal”; es un ataque directo a un axioma de la política pública que hasta hace poco era transversal: la riqueza de las naciones depende de la producción de inteligencia.

Cuando el presidente cuestiona la utilidad de la ciencia, obviando la relación íntima entre la investigación básica (preocupada por fenómenos abstractos) y la aplicada (preocupada de aplicar el conocimiento de esos fenómenos a la producción de tecnología), no solo hace gala de una ignorancia vergonzosa; está atentando contra la diversificación de nuestra economía. Su postura condena a Chile a seguir atrapado en el extractivismo, vulnerable a los vaivenes internacionales, renunciando a la posibilidad de producir un mercado complejo. Estas no son banderas exclusivas de la “izquierda extrema”, sino intereses estratégicos que líderes de Renovación Nacional o el piñerismo enarbolaron como motores de modernización.

La inconsistencia es también ética: mientras el gobierno de “emergencia” le pide a la ciudadanía apretarse el cinturón ante la escasez, el mandatario organiza almuerzos con su círculo íntimo, ignorando la realidad de una población a la que se le exige una austeridad que no llega a palacio.

No se trata de pedirle a quienes vieron en la derecha una alternativa sólida que se articulen con el Frente Amplio o el Partido Comunista, se trata de algo más básico: la urgencia de que, como masa social integrada por sensibilidades distintas, alcancemos una voz común contra discursos que atentan contra el sentido común y el futuro estratégico del país.

Las organizaciones sociales y el mundo progresista están llamados a denunciar este retroceso, pero aquellas voces de centro y derecha, preocupadas por la agenda histórica de una derecha democrática, también tienen un rol en poner límites a las expresiones más extremas de su propio sector. Es hora de realizar una crítica frontal frente a una retórica que, en su afán de simplismo, termina atentando contra todo progreso posible, social pero también económico.

Damián Troncoso

Estudiante de Psicología

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