Querido Borja: Para muchos estudiantes un paro no significa perder clases, significa ejercer una de las pocas herramientas colectivas que tenemos para defender nuestra educación cuando consideramos que las vías institucionales han resultado insuficientes. Por eso, cuesta aceptar que se lo presente como una práctica contraria a la democracia, cuando precisamente nace del ejercicio de derechos democráticos.
Hace unos días, El PUClítico publicó una columna de opinión titulada “Paro, la mejor política”, en la que se critica la herramienta del paro por considerarla contraria a la democracia. Según su autor, al aprobarse con el 50 + 1% de los votos, se suspende el derecho a clases del 50 – 1%. Además, sostiene que la política de los paros vulnera un principio democrático fundamental: “El diálogo razonable y pacífico en pos del bien común”.
El problema de este razonamiento es que confunde conflicto con antidemocracia. Una democracia no se caracteriza por la ausencia de conflicto, sino por la existencia de mecanismos legítimos para expresarlo. Las huelgas, manifestaciones y paros son precisamente algunas de las formas de participación colectiva. Una democracia sin conflicto no es una democracia más sana, es una democracia más silenciosa.
¿Qué alternativa queda cuando las instancias ordinarias de diálogo fracasan una y otra vez?, ¿o cuando las promesas de campaña se transforman en metáforas y se denigra el trabajo académico de los estudiantes y profesores? Los paros no surgen porque los estudiantes rechacen el diálogo, sino precisamente porque consideran que este ha dejado de ser efectivo. Presentarlos como la negación de la deliberación democrática supone ignorar las condiciones que los hacen aparecer en primer lugar.
El autor critica que el 50% + 1 pase por encima del 50 – 1%. Ante esto cabe preguntarse: ¿qué es la democracia sino un sistema en el que las decisiones colectivas se toman conforme a reglas aceptadas por todos, incluso cuando no todos quedan conformes con el resultado? Toda decisión democrática genera ganadores y perdedores. Si el problema es que una mayoría decida, entonces la crítica ya no es al paro, sino a uno de los principios básicos de la democracia misma.
Por supuesto que los paros no son herramientas perfectas: interrumpen la normalidad, generan costos y pueden ser objeto de abusos, pero precisamente porque incomodan han sido una de las pocas herramientas capaces de equilibrar relaciones de poder desiguales. Exigir cambios sin ninguna capacidad de presión equivale a pedir que quienes tienen el poder escuchen únicamente si así lo desean.
No todos los estudiantes tienen el lujo de considerar ciertas decisiones políticas como debates abstractos. Para algunos, las decisiones presupuestarias, los cambios en el financiamiento o el acceso a beneficios estudiantiles, pueden marcar la diferencia entre continuar estudiando o abandonar la universidad. Reducir el paro a una simple interrupción de clases es ignorar que, para muchos, lo que está en juego no es una comodidad académica, sino las condiciones materiales que hacen posible su educación. Cuando eso está en riesgo, el conflicto no es un fracaso de la democracia: es una de sus expresiones más necesarias.
Pablo Durán Rivera
Estudiante de Historia



