La historia no se borra

“Tampoco le voy a pedir a nuestros compatriotas que quedemos anclados al pasado”. “No tenemos nada que conmemorar”. “Nuestro deber es mirar los próximos 50 años y no tanto los que ya pasaron”.

Estas fueron algunas de las declaraciones que emitieron distintas autoridades del gobierno al ser consultadas por la no conmemoración de los 53 años del golpe de Estado. Por primera vez desde el retorno a la democracia, el gobierno de turno eligió no realizar esta conmemoración. 

“La historia no la podemos borrar”, dijo hoy el presidente José Antonio Kast. Y tiene razón, la historia no se puede borrar. El problema es que pareciera que su gobierno trata de hacer justamente eso.

No realizar una ceremonia oficial no hará que desaparezca lo ocurrido el 11 de septiembre de 1973, pero sí supone retirar esa memoria del lugar que, durante décadas, ha ocupado dentro del Estado. Convertir una fecha que recuerda el quiebre de la democracia –el inicio de una sangrienta dictadura y las violaciones a los derechos humanos– en un día más dentro de la agenda presidencial no es solamente “mirar hacia adelante”, es tomar una posición frente a la historia. Nuestra historia.

Esta memoria imborrable no vive solamente en discursos presidenciales o actos oficiales: vive todos los días en los hogares chilenos.

En apenas unos días el país volverá a reunirse para celebrar las Fiestas Patrias. Habrá familias alrededor de una mesa, empanadas, terremotos y cuecas, pero también habrá asientos que llevan décadas vacíos. Habrá quienes recuerden al padre, a la madre, al hijo, al hermano o al abuelo que salió un día de su casa y nunca volvió. Habrá mujeres bailando la cueca sola, no por tradición o espectáculo, sino porque aquel con quien deberían bailarla continúa desaparecido. Y habrá familias que, después de 53 años, todavía buscan una respuesta sobre el paradero de sus seres queridos.

¿A ellos también debemos pedirles que dejen de estar “anclados al pasado”?

La historia no le pertenece al gobierno de turno y mucho menos puede pesar más la voluntad de quienes prefieren ignorar que la memoria de los que llevan décadas viviendo sus consecuencias. Son esas familias las que cargan con las ausencias, las preguntas sin respuesta y un dolor que ninguna decisión política puede hacer desaparecer. Un gobierno puede decidir no recordar, pero no puede exigirles a quienes todavía buscan respuestas que hagan lo mismo.

Porque es fácil hablar de superar la historia cuando esa historia no atravesó la puerta de tu casa. Es fácil pedir que miremos hacia los próximos 50 años cuando no eres tú quien lleva décadas esperando saber qué pasó con un familiar. 

El gobierno puede decidir no realizar una ceremonia, puede sacar esta fecha de su agenda e incluso intentar convencernos de que recordar significa quedarse atrapados en el pasado, pero no puede hacer desaparecer aquello que todavía vive en la memoria de miles de familias. 

La historia, como bien dijo el presidente, no se puede borrar.

Y dicho esto, para cerrar esta columna, quiero abandonar cualquier pretensión de originalidad. Quiero recurrir a dos palabras que no me pertenecen a mí, ni a un sector político, ni a una sola generación. Son palabras que, frente al golpe de Estado, la dictadura y las violaciones a los derechos humanos, debería pertenecernos a todos los chilenos.

Nunca más.

Cristóbal Dinamarca.

Estudiante de Periodismo.

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