En los mapas que cuelgan en las salas de clases, Chile parece una cicatriz larga y flaca pegada al borde del mundo. De niño uno miraba ese hilo de tierra y pensaba: «Aquí no pasa nada, la historia sucede en otra parte». A nosotros nos queda leerla en los libros, verla en las películas o, más honestamente, enterarnos por reels.
Crecimos pensando que esa distancia era geográfica; después supimos que es económica, demográfica y que además se está volviendo irreversible. Latinoamérica no se industrializó; lo intentó a ratos y después se rindió, o la rindieron. Desde entonces exporta cobre, litio y salmón, y compra tecnología, chips y autos. Le vendemos a países industrializados nuestra materia prima para que fabriquen nuestro futuro a su pinta.
No, la distancia con las economías avanzadas no es una cifra en un informe. Es tu tío de cincuenta años sin trabajo, es una abuela vendiendo ropa en la feria para mantenerse, es un hombre muriendo en una sala de espera, es la familia de ese hombre sufriendo. Eso es la distancia, no un número.
Y lo que vuelve a esta carrera imposible de remontar no es solo el atraso de origen, es también el reloj biológico que avanza en paralelo. Nuestros países envejecen antes de enriquecerse y en pocas décadas vamos a necesitar una cantidad ingente de recursos para sostener a una población cada vez más longeva. Llegamos tarde a la industrialización y, con una ironía cruel, llegaremos temprano a la vejez.
Mientras tanto, en el Congreso Nacional se preocupan de otras cosas: la próxima encuesta, el escándalo de turno o los arreglos partidistas. Es ridículo y conmovedor ver a parlamentarios debatir con vehemencia sobre el mañana mientras el país ve amenazada su existencia soberana en las próximas décadas.
Los movimientos universitarios son sus hermanos menores y, como buenos hermanos menores, siguen los pasos de sus deudos congresistas; cada uno abanderado con la política identitaria de su elección. No me malinterpreten, son buenas causas y estoy seguro de que lo hacen por genuina convicción, pero a la vista de las amenazas existenciales que enfrenta este país, esos debates parecen una réplica. Una réplica triste, por supuesto. Las divisiones ficticias, los enfrentamientos artificiales, todo ese ruido necesario para que la máquina electoral no se detenga. ¿Lo imprescindible? Asegurar los votos.
Ojo, la política chica ejercida por los partidos tiene un solo fin: que el partido siga existiendo, no el bienestar del país. Que el partido respire, aunque el país se ahogue. Muy buenos hermanos menores Gremial, NAU y compañía, ¡felicitaciones! Un aplauso, ¿cuándo sacan carrete?
No escribo esto para asustar a nadie. O sí, un poco. El miedo bien orientado nos puede salvar la vida. A los jóvenes nos tocó heredar problemas que no elegimos y, al mismo tiempo, ser la única generación con tiempo suficiente por delante para hacer algo distinto con ellos. Una oportunidad rarísima y difícil.
Sabemos que nadie hablará de esto; la política universitaria tampoco lo hace y, con justa razón, no calienta a nadie. Pero si no lo hacemos ustedes y yo, nadie más lo hará por nosotros. No hace falta tener un cargo, basta con no quedarse callado. Tengo la genuina convicción de que no pensamos tan distinto.
Gabriel Tarride
Estudiante de Derecho






